

El lunes 10 de agosto, a las 7:34 de la mañana, la tierra se movió. Un sismo de magnitud 7,4, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, sacudió buena parte de Colombia. Se sintió en el Eje Cafetero, Cali, Medellín, Bogotá y también en la región cundiboyacense. Durante unos segundos, aquello que creemos firme dejó de serlo y entró el miedo, la desesperación y el pánico de no tener el control de la situación.
Una vez más, la tierra nos recordó de manera abrupta, una realidad que solemos olvidar: somos frágiles y no tenemos certezas sobre el tiempo ni sobre el espacio que habitamos. Hacemos planes como si el mañana estuviera garantizado, acumulamos objetos, preocupaciones y certezas, hasta que un movimiento inesperado nos recuerda que todo puede cambiar en cuestión de segundos. No sabemos cuándo será el último abrazo, la última conversación o la última vez que cruzaremos la puerta de nuestra casa.
Pero el terremoto también sacudió otra realidad: la desigualdad. Un fenómeno natural no puede atribuirse a la acción del Estado; sin embargo, sí debemos preguntarnos por qué sus consecuencias son tan diferentes según el territorio donde se vive. La vulnerabilidad también se construye socialmente. Chocó lleva décadas enfrentando pobreza, precariedad en infraestructura, dificultades de acceso a servicios básicos y una histórica deuda estatal con comunidades afrocolombianas e indígenas. Hay territorios que Colombia parece reconocer y recordar solamente cuando ocurre una tragedia.
Sin embargo, en medio de la tragedia también emerge lo mejor de los seres humanos. Personas sin experiencia en rescates se acercan a los escombros, remueven bloques de cemento con sus propias manos, buscan entre las ruinas a quienes aún pueden estar con vida y se arriesgan para rescatar a un animalito atrapado. Comparten el agua y los alimentos que tienen, sostienen a quien tiembla de miedo y acompañan, sin conocer su nombre, a quien acaba de perderlo todo. Frente a la devastación, cuando parece que todo se derrumba, también se levanta algo profundamente humano: la bondad.
Quizá sea justamente aquí donde cobra sentido la reflexión de San Agustín de Hipona sobre el mal y el bien: el mal no constituye una realidad que deba ser querida o celebrada, sino una privación del bien. Esta idea no pretende explicar ni mucho menos justificar el sufrimiento; una vida perdida, una familia desplazada o un animal atrapado entre los escombros no pueden convertirse en argumentos para decir que la tragedia era necesaria. El mal sigue siendo doloroso, injusto e inevitable en muchas circunstancias de nuestra existencia. Pero frente a aquello que no podemos evitar, sí podemos decidir cómo responder. Y mientras algunos eligieron tender la mano, otros eligieron la burla, el clasismo, el elitismo y el racismo. En las redes sociales aparecieron comentarios capaces de convertir el dolor ajeno en espectáculo. Es quizás una de las formas más dolorosas de nuestra fragilidad: que puedan derrumbarse las paredes sin que se derrumben nuestros prejuicios.
La verdadera reconstrucción no será solamente levantar paredes. Será también reconstruir nuestra mirada: mirar al otro sin importar cuánto tiene, mirar al territorio sin prejuicios y mirar el dolor sin convertirlo en espectáculo. El lunes la tierra nos sacudió. Ojalá también haya sacudido nuestra indiferencia. Porque quizá, en tiempos de dolor, lo más urgente no sea solamente reconstruir lo que se derrumbó, sino volver a encontrar la humanidad que todavía habita en nosotros.
La entrada La tragedia nos recuerda la fragilidad humana se publicó primero en Boyacá 7 Días.
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