

Cuando comenzó el empalme de la Secretaría de Cultura, Turismo y Patrimonio Territorial de Tunja, la tarea parecía sencilla: revisar documentos, contratos, presupuestos, programas y compromisos. Saber qué debía continuar, qué necesitaba corregirse y, sobre todo, cómo proteger cada peso de los tunjanos.
Pero después de abrir carpetas apareció algo que no estaba escrito en ningún documento: aparecieron las personas.
Gestores culturales que llevan años sosteniendo procesos casi en silencio. Artistas que siguen buscando oportunidades. Personas que protegen nuestro patrimonio. Guías que conocen historias que no aparecen en los libros. Consejeros de cultura que han insistido durante años en la participación del sector. Jóvenes que están creando nuevas maneras de expresarse. Comunidades que, desde los barrios y las veredas, mantienen vivas tradiciones que podrían desaparecer.
Y entonces el empalme dejó de ser solamente administrativo.
Empezamos a escuchar. Escuchamos reclamos, desacuerdos y preocupaciones, pero también encontramos algo que merece tanta protección como cualquier recurso público, encontramos sueños.
Algunos sueñan con recuperar aquella Tunja bohemia donde salir significaba encontrarse con la música, el arte y los amigos. Otros quieren volver a llenar de vida nuestras plazas y espacios públicos. Y nuestros jóvenes nos están diciendo algo diferente: ellos quieren freestyle, grafiti, nuevas músicas, fotografía, contenidos digitales y nuevas formas de contar la ciudad.
No quieren necesariamente regresar a la Tunja de nuestros recuerdos. Quieren construir la Tunja que les corresponde vivir.
Y quizás ahí está una de las grandes discusiones que debemos superar: no tenemos que escoger entre la Tunja de antes y la Tunja del futuro. Tenemos que conseguir que ambas se encuentren.
Porque cultura no es solamente un concierto, una tarima o un festival. Cultura es el abuelo que conserva una historia, la mujer que mantiene una tradición, el artesano, el músico, el bailarín, el escritor, quien protege un inmueble patrimonial, quien guía a un visitante por nuestras calles y quien desde una vereda conserva una costumbre que las próximas generaciones podrían dejar de conocer.
La cultura es memoria, pero también creación. Es pasado, pero también futuro.
Por eso creo que debemos cambiar la conversación. Tunja no necesita únicamente una agenda de eventos. Necesita una política cultural capaz de reconocer lo que tiene, proteger lo que está en riesgo, fortalecer lo que funciona y abrir espacio para lo que está naciendo.
Y para hacerlo debemos empezar por conocer.
¿Cuántos gestores culturales tenemos? ¿Dónde están? ¿Qué procesos sostienen nuestros barrios y veredas? ¿Qué expresiones están desapareciendo? ¿Qué nuevas manifestaciones están naciendo? ¿Qué oportunidades tienen nuestros jóvenes? ¿Qué patrimonio estamos protegiendo y cuál estamos dejando deteriorar? En pocas palabras, una verdadera caracterización.
No podemos administrar lo que no conocemos. Y tampoco podemos planear desde un escritorio una cultura que vive todos los días en las calles, los barrios, las veredas y en la gente.
Por eso escuchar es fundamental. Pero escuchar no puede significar únicamente recibir quejas. Escuchar significa convertir esas voces en decisiones, proyectos, presupuesto, articulación y resultados.
También significa entender que quienes hacen cultura necesitan condiciones dignas para hacerlo. Formación, circulación, estímulos, escenarios, oportunidades y posibilidades reales de vivir de su talento. El amor por Tunja no puede convertirse en una excusa para que quienes construyen nuestra cultura tengan que sobrevivir únicamente de su vocación.
Aquí es donde la cultura empieza a convertirse en una verdadera herramienta de transformación territorial.
Porque una política cultural seria puede recuperar espacios públicos, fortalecer el turismo, proteger el patrimonio, generar oportunidades para nuestros jóvenes, dinamizar la economía y, sobre todo, recuperar algo que no siempre aparece en un indicador: el sentido de pertenencia.
Pero para lograrlo necesitamos dejar atrás las pequeñas islas.
Tenemos demasiado talento para seguir divididos. Demasiado patrimonio para conformarnos con mirarlo como una postal. Demasiados jóvenes creando para decir que no existen nuevas expresiones. Demasiadas historias para permitir que nuestra memoria se pierda.
La administración pública tampoco puede pretender saberlo todo. Su responsabilidad es escuchar a quienes conocen, unir capacidades, administrar responsablemente los recursos y convertir ese conocimiento en una visión colectiva de ciudad.
Por eso la discusión no debería reducirse a nombres, perfiles o disputas personales. La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿quién tiene la capacidad de escuchar a todos, administrar bien los recursos públicos y convertir la cultura en una herramienta para construir ciudad?
Tunja necesita esa conversación.
Necesita que una familia vuelva a sentirse orgullosa de caminar sus calles, que un joven pueda decir “aquí quiero crear”, que un artista encuentre razones para quedarse, que un visitante quiera recomendar y regresar, que un adulto mayor sienta que su memoria importa y que un niño crezca entendiendo que algún día tendrá que cuidar la ciudad que heredó.
Cuando eso ocurra, entenderemos que la cultura nunca fue solamente una agenda de eventos. Era una forma de reconocernos.
De encontrarnos. De recordar quiénes somos y decidir quiénes queremos llegar a ser.
Por eso Tunja no necesita solamente más cultura.
Tunja necesita volver a reconocerse.
Y recuperar nuestras raíces no significa vivir de los recuerdos. Significa tener desde dónde evolucionar.
La entrada Tunja no necesita solamente más cultura: necesita volver a reconocerse se publicó primero en Boyacá 7 Días.
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