
La política exterior colombiana parece condenada a moverse como un péndulo. Durante buena parte de nuestra historia, Bogotá miró hacia Washington como su principal referente internacional.
El viejo Réspice Polum de Marco Fidel Suárez terminó convirtiendo a Estados Unidos en el norte de nuestra política exterior. Con Gustavo Petro, ese péndulo intentó moverse en otra dirección: mayor autonomía, acercamiento a América Latina y diversificación de las relaciones internacionales, especialmente hacia China.
Ahora parece dispuesto a regresar.
La reciente noticia sobre el compromiso de Abelardo de la Espriella de retirar a Colombia de la Iniciativa de la Franja y la Ruta resulta particularmente significativa. Según declaró ante el Senado estadounidense Nate Morris, nominado por Donald Trump como embajador en Colombia, el próximo gobierno colombiano no continuaría en el acuerdo suscrito con Beijing.
Más reveladora aún fue la forma en que Morris presentó el asunto: los países, afirmó, deben decidir entre Estados Unidos y China.
La pregunta, entonces, no debería ser simplemente si estamos ante un regreso del Réspice Polum. La pregunta más incómoda es otra: ¿estamos ante una decisión soberana de Colombia de volver a privilegiar a Estados Unidos o ante la incorporación del país a la estrategia de Washington para contener la expansión china en América Latina?
La diferencia es fundamental.
Petro intentó modificar la tradicional dependencia colombiana respecto de Washington. Su política exterior buscó fortalecer la relación con América Latina, diversificar socios y acercarse a China. La incorporación a la Franja y la Ruta fue quizá el símbolo más evidente de ese propósito.
Podemos discutir si esa estrategia fue exitosa, si estuvo correctamente ejecutada o si sus contradicciones terminaron debilitándola, pero difícilmente puede negarse que existió una intención de cambiar el lugar tradicional de Colombia en el sistema internacional.
El eventual gobierno de De la Espriella parece plantear el movimiento contrario.
Sin embargo, sería un error interpretar esto simplemente como un regreso al mundo de Marco Fidel Suárez. El sistema internacional de 2026 es radicalmente distinto. Estados Unidos y China protagonizan una competencia global por tecnología, infraestructura, comercio, recursos estratégicos e influencia política. América Latina se ha convertido también en un escenario de esa disputa.
China ya no es un actor marginal para Colombia. Es uno de sus principales socios comerciales y tiene una presencia creciente en infraestructura, comercio e inversión. Estados Unidos, por su parte, continúa siendo nuestro principal socio estratégico en seguridad, cooperación y lucha contra el narcotráfico.
Por eso, la pregunta inteligente para Bogotá no debería ser: ¿Estados Unidos o China? Debería ser: ¿qué necesita Colombia de Estados Unidos, qué necesita de China y qué necesita de América Latina para defender sus propios intereses?
Una política exterior autónoma no significa ser antiestadounidense. Tampoco significa acercarse a China por oposición a Washington. Significa tener la capacidad de relacionarse con ambos centros de poder de acuerdo con los intereses nacionales.
Colombia debería poder recibir inversión estadounidense, comerciar con China, fortalecer la integración latinoamericana y mantener relaciones con Europa y Asia sin que cada decisión tenga que interpretarse como una elección de bando.
La autonomía no consiste en no tener aliados. Consiste en tener capacidad de elegirlos.
Y aquí resulta especialmente pertinente recuperar la reflexión de Sandra Borda sobre el parroquialismo de la política exterior colombiana. Uno de nuestros problemas históricos ha sido que la política internacional ha quedado excesivamente condicionada por las dinámicas internas y, particularmente, por las preferencias del gobierno de turno. Petro quiso cambiar el rumbo. Ahora de la Espriella parece dispuesto a cambiarlo nuevamente.
Mañana otro presidente podría intentar modificarlo otra vez.
El problema, entonces, no es que un gobierno prefiera Washington y otro Beijing. El problema es que Colombia no tenga una estrategia internacional suficientemente consolidada para determinar qué relaciones debe mantener con Washington, Beijing, América Latina o cualquier otra potencia independientemente de quién ocupe la Casa de Nariño.
Necesitamos una política exterior de Estado.
Eso implica construir consensos mínimos sobre nuestros intereses permanentes: diversificación económica, integración latinoamericana, seguridad, defensa de los recursos estratégicos, participación multilateral y, sobre todo, autonomía para relacionarnos con las grandes potencias.
Pero también exige fortalecer una institución fundamental: la carrera diplomática.
Una diplomacia profesional no es un privilegio corporativo de quienes trabajan en la Cancillería. Es una condición para la capacidad estratégica del Estado. Los presidentes deben definir las grandes orientaciones de la política exterior, pero su ejecución requiere funcionarios profesionales que acumulen experiencia, conocimiento especializado y memoria institucional. La diplomacia no puede depender exclusivamente de las afinidades políticas del presidente de turno.
Quizá, por eso, el verdadero debate no sea entre Réspice Polum y Réspice Similia. Es entre una política exterior presidencializada y una política exterior institucionalizada.
Colombia necesita relacionarse con Estados Unidos. Necesita relacionarse con China. Necesita relacionarse con América Latina y con el resto del mundo. Pero esas relaciones deberían responder a una estrategia nacional y no al péndulo ideológico que acompaña cada cambio de gobierno.
Porque si cada presidente puede cambiar el norte de Colombia, entonces el problema no es que miremos hacia el Polo Norte, hacia nuestros semejantes o hacia Asia.
El problema es que todavía no hemos construido una brújula propia.
La entrada Colombia: ¿Réspice Polum o peón en la disputa entre Washington y Beijing? se publicó primero en Boyacá 7 Días.


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