
Alrededor de 191 millones de personas experimentaron el pasado domingo 28 de junio temperaturas superiores a los 35 °C, según datos de la Organización Meteorológica Mundial. En varios países de Europa, las olas de calor ya han dejado víctimas fatales y han llevado las temperaturas a niveles excepcionalmente altos, rompiendo numerosos récords nacionales y locales.
El fenómeno se atribuye al cambio climático y a la crisis ambiental sin precedentes que atraviesa el planeta, un hecho que no solo es verificable, sino también progresivo, y cuyas nefastas consecuencias apenas comenzamos a conocer y seguiremos enfrentando en los próximos años, lustros y décadas. Son varios los mensajes que dejan las olas de calor: que el planeta cada vez se calienta más; que los ecosistemas y los glaciares se derriten, y que se desmorona la estructura del mundo natural y, con ella, también la del humano. Detrás de estos acontecimientos hay un mensaje claro y contundente: las ciudades costeras están transformándose y la migración protagonizará la agenda de las naciones del mundo en los años venideros.
A pesar de que históricamente ha sido común que los seres humanos se trasladen de sus lugares de origen y que las causas de dicho desplazamiento obedezcan a factores tan diversos como los políticos, sociales, culturales e individuales, está claro que convertirse en migrante ha representado un enorme desafío para millones de personas. Los campos de refugiados, las políticas migratorias de muchos países y el valor geopolítico y estratégico de algunas naciones han dificultado, en muchos casos, el asentamiento de personas extranjeras.
A partir de estos acontecimientos se ha moldeado la narrativa del migrante: una percepción que, en muchos casos, se ha construido a través de lentes de distanciamiento, diferencia y desconocimiento. Bajo el lema ‘America First’, la segunda administración de Donald Trump se ha enfocado en ejecutar el mayor programa de deportación masiva de la historia reciente de Estados Unidos, mientras que el Parlamento Europeo aprobó la ley migratoria más restrictiva de las últimas décadas, un reglamento de retorno que supone el giro más duro de la Unión Europea en materia de política migratoria en años.
Los gobiernos de derecha y de extrema derecha, bajo la premisa de fortalecer la seguridad y la soberanía, también han endurecido el control de las fronteras como estrategia para combatir la inmigración irregular y la operación de grupos criminales. Sin embargo, tanto Estados Unidos como Europa cuentan entre los migrantes con una importante fuerza laboral que sostiene sectores clave de sus economías, un hecho que no debería ignorarse en medio de las políticas de deportación.
Lo cierto es que los acontecimientos ecológicos obligan a replantear todas estas estrategias y dejan sobre la mesa una serie de preguntas: ¿son las fronteras suficientes? ¿Debemos imponer más barreras entre las naciones? ¿O deberíamos, más bien, considerar un pacto global, humanitario y democrático que nos permita enfrentar la crisis ecológica como especie y como planeta?
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