
La corrupción suele ser presentada como un problema de políticos, funcionarios o contratistas. Cada vez que estalla un escándalo, la indignación colectiva apunta hacia quienes ejercen el poder. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre una verdad incómoda: ninguna forma de corrupción logra consolidarse sin algún nivel de tolerancia social.
Hace más de quinientos años, el pensador italiano Nicolás Maquiavelo advertía que la corrupción no era simplemente el robo de recursos públicos. Para él, una sociedad se corrompe cuando sus ciudadanos dejan de actuar pensando en el bien común y comienzan a privilegiar exclusivamente sus intereses particulares. La corrupción, en consecuencia, no empieza en una oficina pública: empieza cuando una comunidad deja de exigir virtud, integridad y responsabilidad a quienes la representan.
Esta reflexión resulta especialmente pertinente para nuestra amada Boyacá.
Nuestro departamento ha construido históricamente una reputación asociada al trabajo, la educación, el respeto por las instituciones y el compromiso con la vida comunitaria. Sin embargo, también enfrentamos una realidad que no podemos ignorar. En muchos espacios ciudadanos se escucha con frecuencia que los contratos siempre quedan en las mismas manos, que los cargos públicos se distribuyen por recomendaciones políticas, que las oportunidades dependen más de las relaciones que del mérito y que las decisiones terminan favoreciendo intereses particulares antes que necesidades colectivas.
Más allá de que cada caso deba analizarse con rigor y respetando el debido proceso, existe una percepción creciente de desconfianza. Y cuando la desconfianza se instala en la conciencia colectiva, el daño trasciende cualquier cifra económica.
La corrupción no solamente vacía presupuestos. También vacía la confianza de la ciudadanía en las instituciones, en la democracia y en la posibilidad de construir un futuro mejor.
Como administrador público territorial he aprendido que los recursos son importantes, pero aún más importante es la legitimidad con la que se administran. Un municipio, o un departamento pueden superar dificultades financieras. Lo verdaderamente difícil de recuperar es la confianza cuando la ciudadanía comienza a creer que las reglas no son iguales para todos.
Por eso debemos preguntarnos con honestidad: ¿qué responsabilidad tenemos los ciudadanos? La respuesta no es cómoda.
Tenemos responsabilidad cuando aceptamos que un favor personal vale más que una política pública. Cuando justificamos prácticas indebidas porque benefician a nuestro círculo cercano. Cuando vendemos nuestro voto, cuando guardamos silencio frente a irregularidades evidentes o cuando terminamos repitiendo frases como «todos son iguales» o «roba, pero hace».
Esas expresiones, que parecen inofensivas, representan una de las formas más peligrosas de corrupción cultural, porque convierten lo inaceptable en algo normal.
Maquiavelo sostenía que las repúblicas no caen primero por ataques externos, sino por la degradación interna de sus valores cívicos. Una sociedad comienza a debilitarse cuando deja de reconocer la diferencia entre lo correcto y lo conveniente. Cuando la honestidad deja de ser una exigencia y se convierte en una excepción.
Boyacá no necesita ciudadanos resignados. Necesita ciudadanos exigentes.
Necesita hombres y mujeres capaces de preguntar quién recibe los contratos, cómo se toman las decisiones públicas, cuáles son los resultados de las inversiones y qué tan transparentes son los procesos administrativos. Necesita una ciudadanía que entienda que el control social no es una tarea exclusiva de los organismos de vigilancia, sino una responsabilidad permanente de todos.
La corrupción no se combate únicamente con leyes, auditorías o sanciones. También se combate formando una cultura donde el mérito tenga más valor que las influencias, donde el servicio público sea entendido como una responsabilidad y no como un privilegio, y donde la ética no dependa de la conveniencia política del momento.
Hoy la invitación es a mirar hacia adentro como sociedad. A preguntarnos qué estamos premiando con nuestro voto, qué estamos tolerando con nuestro silencio y qué ejemplo estamos dejando a las nuevas generaciones.
Porque el futuro de Boyacá no dependerá únicamente de quienes ocupen cargos públicos. También dependerá de la capacidad de sus ciudadanos para defender los principios que hacen posible una democracia sana.
La corrupción no empieza cuando alguien roba recursos públicos. Empieza cuando una sociedad deja de indignarse frente a aquello que sabe que está mal.
Y es precisamente allí, en la conciencia de cada ciudadano, donde comienza también la verdadera transformación.
La entrada Boyacá frente al espejo: la corrupción que elegimos tolerar – Edisson Fabián Barrera Cendales #ColumnistaInvitado se publicó primero en Boyacá 7 Días.







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