Crear un Estado en Colombia ha sido ¡tremendamente difícil! – Felipe Álvarez #Columnista7días

domingo 14 de junio de 2026, 8:00 am

Por más de dos siglos, la humanidad se ha enfrascado en una especie de partido de fútbol ideológico interminable: izquierda contra derecha, capitalismo contra comunismo. Unos defienden el mercado libre y la propiedad privada; otros, la planificación estatal y el bienestar colectivo.

Sin embargo, tras observar los aciertos y los brutales naufragios del siglo XX y lo que llevamos del XXI, cabe hacerse una pregunta incómoda: ¿Y si el verdadero problema de ambos modelos nunca fue la propiedad, sino la intermediación?

Mírelo de esta manera. Las ideologías cambian, pero el intermediario permanece:

En el capitalismo tradicional, la confianza se entrega a intermediarios privados: bancos, bolsas de valores, corporaciones tecnológicas, aseguradoras y notarios.

En el comunismo tradicional, la confianza se entrega a intermediarios públicos: partidos políticos, burócratas, ministerios y planificadores centrales.

En ambos escenarios, usted y yo nos quedamos abajo, delegando nuestro poder en un tercero para que organice nuestras vidas, nuestro dinero y nuestros derechos.

Durante generaciones no tuvimos alternativa. Coordinar a millones de personas es una tarea titánica y caótica.

A mediados del siglo pasado, el economista austriaco Friedrich Hayek argumentaba que ningún planificador central por inteligente que fuera podría poseer jamás toda la información necesaria para coordinar una economía compleja. Años después, Ronald Coase explicaría que las empresas existen precisamente porque salir al mercado a buscar, negociar y firmar contratos de forma individual tiene costos de transacción altísimos.

Aunque venían de esquinas distintas, ambos hablaban de lo mismo: necesitábamos intermediarios para procesar la información y reducir el caos.

Si usted quería transferir valor, necesitaba un banco. Si quería registrar su casa, necesitaba una oficina pública. Si quería un acuerdo, un notario. Si quería cambiar las cosas en su país, una estructura política. La coordinación social requería, obligatoriamente, un centro.

El problema es que toda intermediación genera poder. Y donde el poder se concentra, aparece el incentivo para capturarlo. En el capitalismo, esa captura genera monopolios y desigualdad extrema; en el comunismo, burocracia asfixiante y autoritarismo.

El peligro real nunca fue quién controlaba el botón central, sino el hecho de que existiera un botón central, alguien que lo pueda activar.

En 2008, en medio de una de las peores crisis financieras globales, un personaje anónimo bajo el seudónimo de Satoshi Nakamoto publicó un documento técnico de apenas nueve páginas. La mayoría de la gente pensó que Bitcoin era solo dinero digital para informáticos. Se equivocaron.

Lo que Nakamoto resolvió fue un dilema filosófico e institucional: ¿cómo pueden dos desconocidos ponerse de acuerdo y transferir valor entre sí sin necesidad de un tercero que los vigile?

Por primera vez en la historia humana, logramos el consenso en una red global sin un banco central, una empresa o un gobierno validando la jugada. No fue una revolución monetaria; fue el nacimiento de una nueva arquitectura de la confianza.

La tecnología blockchain no viene a reemplazar a un banco por otro más moderno; viene a reemplazar a los intermediarios por reglas matemáticas transparentes, auditables y distribuidas. La confianza ya no se deposita en la buena fe de un funcionario o un gerente; se verifica en el código. confianza programable.

¿Qué pasa cuando la confianza se vuelve programable? Entramos en el terreno de las reglas abiertas.

Ya no es utopía imaginar cooperativas globales administradas por contratos inteligentes, plataformas de transporte propiedad de sus propios conductores, o redes sociales donde los datos pertenecen estrictamente a los usuarios. Lo que cambia aquí no es el software, es la arquitectura del poder.

Y esto nos lleva inevitablemente a la política. La democracia moderna también es un sistema de intermediación. Elegimos representantes para que nos representen porque, en el siglo XIX, era físicamente imposible reunir a millones de ciudadanos en una plaza a deliberar todos los días. La limitación era tecnológica, no filosófica.

Por eso, la pregunta que desde la fundación Redmocracia venimos planteando cobra hoy más sentido que nunca: ¿Qué ocurre cuando la tecnología elimina las barreras que justificaban la intermediación política?

No se trata de desaparecer la representación de la noche a la mañana, sino de evolucionar hacia una inteligencia colectiva, una democracia líquida donde el ciudadano común tenga herramientas reales para intercambiar, verificar, proponer y decidir en tiempo real, sin pedirle permiso al intermediario de turno y si lo decide delegando su voto en alguien que lo represente.

Quizá la gran discusión de nuestro tiempo ya no sea la que nos quieren vender en los noticieros tradicionales entre izquierdas y derechas.

El verdadero debate es entre sistemas basados en intermediarios y sistemas basados en protocolos. Entre organizaciones donde la confianza se delega a ciegas y redes distribuidas donde la confianza se verifica. Entre estructuras cerradas que se corrompen en el centro y nodos abiertos que se fortalecen en la periferia.

Al final, descubriremos que la mayor innovación de nuestro siglo no fue crear una moneda digital, sino demostrarle al mundo que la humanidad, por fin, tiene las herramientas para organizarse de otra manera.

Con el ♥ por Redmocracia

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