Detrás de una emergencia en Tasco que conmocionó al sector carbonero hubo largas jornadas sin descanso, decisiones cruciales y una solidaridad que trascendió municipios y turnos de trabajo.

A las 12:00 del mediodía del viernes 15 de mayo, mientras gran parte de Boyacá seguía su rutina habitual, en la Estación de Seguridad y Salvamento Minero de la Agencia Nacional de Minería en Nobsa comenzó una carrera contra el tiempo. Una persona reportó a la estación que dos trabajadores habían quedado atrapados tras un derrumbe en una mina de carbón del sector El Bolívar, en la vereda Santa Bárbara de Tasco.
Minutos después, la unidad de rescate ya estaba en camino. Para Diana Marcela Jiménez, conductora de las unidades de rescate, todo ocurrió con la rapidez que exige este tipo de emergencias. Junto al ingeniero William Pérez Cárdenas emprendió el desplazamiento, mientras en la estación comenzaban a activarse los protocolos y a coordinarse los relevos que acompañarían la operación durante las siguientes horas.
Cuando llegaron a la mina, cerca de las 2:00 de la tarde, encontraron un panorama complejo. Antes de pensar en alcanzar a los trabajadores atrapados, había que asegurar el camino. El sostenimiento estaba comprometido; había que reemplazar madera, reforzar sectores inestables y abrir paso entre toneladas de material desprendido.
Mientras William Pérez ingresaba con los primeros socorredores, Diana permanecía en la radio coordinando comunicaciones. Horas más tarde llegarían también Luis Ariel Gómez Pulido, Henry Alejandro Salazar Pérez, Yovanni Benavides Infante, Cindy Lorena Herrera Rodríguez y Pedro Emilio González para relevar turnos y sostener una operación que no se detendría ni de día ni de noche. Desde Socha se sumaron Gustavo Adolfo Montañez y Javier Chaparro Merchán.

Al otro lado del derrumbe permanecían John Jairo Gómez Torres y Royer Manuel Días. Estaban atrapados, pero estaban vivos, y eso lo cambiaba todo. Desde el comienzo existió un pequeño milagro tendido entre ambos mundos: una simple manguera. Por ella viajaba el agua, por ella llegaba el suero y por ella se escuchaban las voces.
Cada dos horas, aproximadamente, los rescatistas se comunicaban con los mineros atrapados para conocer su estado de salud. Les preguntaban si habían logrado dormir, si se sentían bien o si habían podido hidratarse. Incluso los familiares hablaban con ellos para recordarles que afuera había personas esperándolos. La manguera se convirtió en mucho más que una herramienta; era un puente hacia la superficie y la prueba de que no estaban solos.
Mientras tanto, bajo tierra, el trabajo avanzaba lentamente. Hacia las 5:00 de la mañana del sábado salió el primer coche con material proveniente directamente del derrumbe. Era una señal alentadora, aunque el terreno seguía complicando cada movimiento debido a que el material continuaba desprendiéndose.
Los trabajadores avanzaban unos metros y debían retirarse nuevamente. Tras participar en innumerables rescates, Yovanni Benavides todavía encuentra una imagen perfecta para describir aquella tarea: “Era casi como meterse debajo de un reloj de arena y empezar a sacar la arenita”, recuerda. Para llegar hasta John Jairo y Royer fue necesario remover cerca de diez metros cúbicos de material. Cada roca retirada representaba un paso más hacia la esperanza.
Mientras los equipos trabajaban dentro de la mina, otra historia comenzaba a escribirse en la superficie, aquella que casi nunca aparece en los titulares. Mineros de Tasco, Socha, Morcá (Sogamoso), Mongua y Tópaga empezaron a llegar para ayudar. Uno llevaba un martillo, otro prestaba un compresor, alguien conseguía madera, otro aparecía con una planta eléctrica y no faltaba quien llevara café caliente o un plato de comida para quienes completaban horas sin descanso.
Diana Jiménez todavía siente que esas personas merecen mucho más reconocimiento. “La mano de obra no solamente era de Tasco. Venía mano de obra de Socha, fue mano de obra de Morcá, fue mano de obra de Tópaga, Mongua. Son voluntarios”, recuerda. Muchos de ellos no reciben un peso; simplemente llegaron porque sabían que había dos vidas esperando al otro lado del derrumbe.
Las horas se transformaron en una larga vigilia. Entraban unos socorredores, salían otros. Algunos intentaban dormir, otros se negaban a hacerlo, e incluso varios trabajadores insistían en seguir ayudando cuando era momento de descansar. La esperanza parecía más fuerte que el cansancio y poco a poco comenzaron a llegar las señales que todos esperaban: las voces. Los rescatistas comenzaron a escuchar a los mineros y viceversa; la distancia ya no era grande, faltaban solo dos metros.

La madrugada del domingo 17 de mayo se convirtió en la más larga y emocionante de todas. Cada reporte por radio aceleraba los corazones hasta que finalmente una voz rompió la tensión: “Ya los vi”. La frase recorrió la mina y la superficie en cuestión de segundos; los habían encontrado.
Gustavo Montañez y Javier Chaparro fueron los primeros en llegar hasta los trabajadores atrapados. Lo que siguió fue una escena imposible de olvidar. Después de casi 48 horas bajo tierra, la emoción desbordó a todos. Pero todavía había una misión que cumplir: valorarlos, verificar signos vitales, comprobar su estado físico y emocional, y prepararlos para la salida.
La evacuación comenzó lentamente. A mitad del recorrido hicieron una pausa, luego otra, para permitirles recuperar fuerzas y asegurarse de que podían continuar. Cuando John Jairo y Royer volvieron a la superficie, los abrazos aparecieron casi de inmediato junto a lágrimas, sonrisas y un profundo alivio.
Yovanni Benavides lo resume mejor que nadie: “Todo valió la pena. No hay sueño, no hay cansancio, no hay hambre, no hay nada”. La emergencia terminó ese domingo para el equipo de Salvamento Minero, los voluntarios y las familias, concluyendo con una frase que engloba toda la jornada: “Siempre hay esperanza”.
La entrada Cuarentaiocho horas bajo tierra: la historia del equipo que rescató a dos mineros en Tasco se publicó primero en Boyacá 7 Días.

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