La niña que ganó la campaña a la Presidencia

martes 2 de junio de 2026, 7:00 am

Si bien estas elecciones eran para definir cuáles candidatos iban a segunda vuelta y, aunque se escuchan voces de triunfalismo y otras de fatalismo, lo cierto es que aún hay campaña y esto se define en tres semanas. Sin embargo, acá sí hay una gran ganadora: Amapola, hija de la candidata Paloma Valencia. Ella sí ganó. No era candidata, pero estuvo en algunas tarimas con su mamá y siempre dejó saber lo que ella quería.

Amapola quizá también representa un proyecto político: el de los cansados, los que se agobian con esas formas de hacer política tradicional, los que se asustan al escuchar con tan poca empatía al país político, indiferente frente a los dolores del país nacional. Ella nos mostró ese país hastiado y terminó introduciendo algo que la política colombiana suele expulsar: la verdad emocional. Mientras los candidatos hablan de patria, seguridad, ideologías, enemigos y victorias históricas, Amapola apareció diciendo algo profundamente humano: que no sabía si quería que su mamá ganara o perdiera; que ganar significaba perder a su madre para el país, que perder significaba dolor, y que ella no estaba «firme con la patria».

En otros lugares, las expresiones de odio se volvieron paisaje. “Balín”, “plomo”, “cárcel”, “muerte a esos…”. En redes sociales, hasta las ingenuas monjitas salieron a hacer el oso y otros más capacitados terminaron justificando la violencia y la muerte del tirano. ¿Quién es el tirano? Hizo bien la tarea quien nos impuso un enemigo común que, ni siquiera con un acuerdo de paz que puso fin a la guerrilla más antigua del continente, logramos superar. Bien lo diría la misma Paloma: lo que hoy tenemos son grupos narcoterroristas, sin ideología, sin estructura de revolución. Aun así, los tiranos se traslapan y no sabemos si los estamos atacando o los estamos eligiendo.

No sabemos identificarlos porque los mensajes de las redes sociales son tomados como verdad, sin investigar y sin comprobar. La política colombiana lleva décadas obligando a escoger entre vencedores y vencidos, patriotas y enemigos, izquierda y derecha, guerra o rendición. Amapola irrumpió desde otro lugar. Habló desde el costo humano que tiene la política sobre las familias. Mientras los adultos gritaban «vamos a ganar», ella preguntó: «¿Y si perdemos?». Quizás fue la pregunta más honesta de toda la campaña.

La aparición de Amapola no solo reveló la humanidad detrás de una campaña; también puso sobre la mesa un tema incómodo: la instrumentalización de los niños en la política. La escena ocurrió en medio de un cierre de campaña cargado de símbolos patrióticos, consignas y emocionalidad electoral. Todas las apariciones de Amapola son parte de un acto de resistencia infantil. Como dice el adagio popular, los niños suelen decir aquello que los adultos intentan ocultar. Detrás de los apellidos históricos siguen existiendo hijos que quieren a sus padres en casa. Ella nos mostró cómo la política no es únicamente una disputa por el poder, sino también una fábrica de ausencias. Amapola representa a una generación que no quiere seguir heredando los conflictos emocionales y políticos de sus mayores.

La gran ganadora de esta campaña no fue una candidata, un partido ni una coalición. Fue una niña llamada Amapola que, sin proponérselo, logró desnudar una verdad que la política colombiana suele esconder: detrás de cada bandera hay una familia, detrás de cada discurso hay una ausencia y detrás de cada aspiración de poder existe alguien esperando en casa. Mientras los adultos discutían quién salvaría a Colombia, Amapola recordó algo más urgente: que ningún proyecto de país vale la pena si en el camino olvidamos a quienes lo heredarán.

¡No más infancias usadas como recursos narrativos!

Esquirla: En estos años de trabajo en el Centro Nacional de Memoria Histórica he llegado a la conclusión de que el sujeto perdido en 80 años de conflicto armado interno son los niños. Hoy ese niño es un abuelo. Hoy ese niño es papá. Hoy ese niño está buscando reconstruir su proyecto de vida y subsistir ante una sociedad que lo sigue viendo como enemigo. Hoy a ese niño lo están matando. Hoy ese niño reclama su derecho a construir su propia voz. Por muchos años estos niños perdieron; hoy una niña ganó y nos recordó algo que Colombia parece olvidar constantemente: que las disputas políticas tienen consecuencias humanas.

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