El triunfo de Abelardo y la consolidación del voto útil: una nueva expresión de la polarización colombiana

lunes 1 de junio de 2026, 6:00 am

La primera vuelta presidencial de 2026 dejó varias sorpresas, pero ninguna tan significativa como la victoria de Abelardo de la Espriella sobre Iván Cepeda. Durante buena parte de la campaña, el debate público giró alrededor de la fortaleza de la izquierda para mantenerse en el poder, de la capacidad de la oposición para encontrar una candidatura competitiva y del papel que jugarían los liderazgos tradicionales de la derecha.

Sin embargo, el resultado terminó demostrando que el fenómeno político más importante de esta elección fue la consolidación de Abelardo como el principal receptor del voto de oposición al petrismo. La sorpresa no radica únicamente en que haya obtenido el primer lugar. Lo verdaderamente relevante es cómo lo consiguió.

Durante meses, Paloma Valencia aparecía como una de las principales figuras de la derecha colombiana. Contaba con experiencia legislativa, reconocimiento nacional, respaldo partidista y una trayectoria política consolidada. Sobre el papel, tenía muchos más elementos para liderar ese sector político. Sin embargo, la campaña fue mostrando una dinámica distinta: mientras Paloma mantenía un electorado fiel, Abelardo comenzó a convertirse en la candidatura que muchos votantes consideraban con mayores posibilidades reales de enfrentar a la izquierda en una eventual segunda vuelta.

Fue entonces cuando apareció uno de los factores más determinantes de cualquier elección polarizada: el voto útil.

Miles de ciudadanos que probablemente compartían afinidades ideológicas con Paloma Valencia, o incluso con otras opciones de derecha y centroderecha, terminaron tomando una decisión estratégica. Más allá de quién representaba mejor sus ideas, comenzaron a preguntarse quién tenía mayores posibilidades de derrotar al candidato del oficialismo. La respuesta para muchos fue Abelardo de la Espriella.

No se trató necesariamente de una transferencia motivada por un entusiasmo absoluto hacia su candidatura. En numerosos casos fue una decisión pragmática. Los votantes entendieron que la fragmentación del electorado opositor podía facilitar una victoria de la izquierda y optaron por concentrar sus apoyos en quien percibían como el candidato más competitivo.

En política, pocas fuerzas son tan poderosas como la percepción de viabilidad. Cuando una candidatura empieza a ser vista como la que realmente puede ganar, se produce un efecto de atracción que suele acelerar su crecimiento. Los electores dejan de pensar exclusivamente en preferencias ideales y comienzan a actuar estratégicamente. Eso parece haber ocurrido en esta elección.

Por esa razón, la derrota de Paloma Valencia resulta tan significativa como la victoria de Abelardo. No estamos simplemente ante un cambio de nombres dentro del mismo espectro ideológico. Lo que evidencian los resultados es que una parte importante de la derecha colombiana decidió coordinarse electoralmente alrededor de una sola candidatura. En otras palabras, el electorado opositor encontró un punto de convergencia.

Este fenómeno también explica por qué los resultados recuerdan procesos observados en otros países. No porque Abelardo sea idéntico a líderes como Donald Trump o Nayib Bukele, sino porque logró convertirse en el receptor de una demanda política específica: la de quienes consideran que el rumbo actual del país debe cambiar y buscan una figura capaz de encarnar esa posibilidad.

Por su parte, Iván Cepeda demostró que la izquierda conserva una capacidad de movilización considerable. A pesar del desgaste propio de cualquier gobierno, logró avanzar a la segunda vuelta y mantener una base electoral sólida. Esto confirma que Colombia sigue dividida en dos grandes bloques políticos con fuerzas relativamente equilibradas.

Y quizás allí se encuentra la principal enseñanza de esta primera vuelta. Una vez más, la polarización se convirtió en el elemento ordenador de la política nacional. Los electores no votaron únicamente por programas de gobierno o propuestas específicas: votaron, en gran medida, a favor o en contra de una visión de país.

La segunda vuelta estará marcada precisamente por esa lógica. Abelardo intentará consolidar el respaldo de quienes buscan un giro frente al proyecto político representado por el petrismo, mientras Cepeda buscará agrupar a quienes consideran necesario profundizar o defender los cambios impulsados durante los últimos años.

Lo ocurrido con Paloma Valencia es una muestra clara de esa realidad. En contextos altamente polarizados, las candidaturas intermedias o las alternativas dentro de un mismo bloque suelen verse perjudicadas por la presión del voto útil. Los ciudadanos dejan de preguntarse quién los representa mejor y comienzan a preguntarse quién puede ganar.

La primera vuelta de 2026 parece haber respondido esa pregunta para buena parte del electorado de derecha. Ahora falta conocer si esa misma lógica será suficiente para llevar a Abelardo de la Espriella hasta la Casa de Nariño o si la izquierda logrará reagruparse y conservar el poder.

Lo único claro, por ahora, es que Colombia volvió a demostrar que sigue siendo un país profundamente polarizado, donde las elecciones se deciden cada vez más por la capacidad de consolidar grandes bloques políticos que por la existencia de consensos amplios. Y esa es una realidad que ningún candidato podrá ignorar durante las semanas que restan de campaña.

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