
Hace un par de días tuve la oportunidad de viajar y adentrarme un poco más en la vida del campo, en la vida del campesino boyacense. Allí, entre las actividades típicas de la ruralidad —arar la tierra, revisar el ganado, caminar entre potreros y tomarse una que otra cerveza después del jornal— hubo un objeto que particularmente llamó mi atención.
Curiosamente, todo comenzó incluso antes de llegar a la finca.
Antes de viajar tuve que comprar un par de botas de caucho. Como casi todo hoy en día, lo primero que hice fue buscarlas por internet. Mientras revisaba opciones llamé a mi mamá para contarle que necesitaba comprar unas botas para el viaje, y ella inmediatamente me preguntó: “¿Va a comprar unas machita?”. Yo le respondí que sí, aunque sinceramente en ese momento no entendía del todo la referencia.
Un día antes de viajar entré a un local de calzado y desde lejos vi unas botas negras con un nombre que finalmente me hizo entender lo que mi mamá decía: Croydon La Macha.
Ahí comprendí la referencia.
Pero no comprendí realmente su importancia hasta llegar al campo.
Fue allá, viendo a los campesinos caminar con ellas entre el barro, las cercas y los cultivos, donde entendí que las Macha no son simplemente unas botas pantaneras. Son casi una extensión de la vida rural colombiana. Pareciera un detalle insignificante para quien vive en la ciudad. Al fin y al cabo, para muchos son únicamente unas botas de PVC fabricadas por Croydon. Pero en Boyacá —y en buena parte del campo colombiano— las Macha representan mucho más que un calzado: son un símbolo silencioso del trabajo campesino.
Mientras hablaba con algunos campesinos entendí algo que desde la urbe rara vez se percibe: en el campo los objetos también cuentan historias. Y quizá ningún objeto cotidiano representa mejor la dignidad campesina que unas botas embarradas después de una jornada de trabajo.
Las Macha han acompañado generaciones enteras. Han estado en cultivos de papa bajo lluvia helada, en establos a las cinco de la mañana, cruzando potreros, cargando bultos, sembrando cebolla y caminando kilómetros entre barro y piedra. No tienen el glamour de unas botas importadas ni la estética ‘outdoor’ que hoy venden las marcas urbanas. Pero tienen algo más importante: legitimidad.
Porque las Macha no fueron diseñadas para aparentar campo: nacieron del campo. Y eso se nota.
Toda persona que haya tenido contacto con algún campesino, que haya ido al campo o que simplemente haya tenido la oportunidad de sentarse a conversar con quienes viven de la tierra, puede corroborar esto. Basta escuchar sus historias, observar sus rutinas y recorrer, aunque sea por un día, la vida rural para entender que las Macha no son únicamente unas botas de trabajo: son parte del paisaje humano del campo colombiano.
En ellas hay memoria, tradición y también orgullo; el orgullo silencioso de quienes sostienen buena parte del país desde la ruralidad.
Comprendí que el mundo rural colombiano también tiene sus íconos culturales, aunque pocas veces aparezcan en revistas o campañas publicitarias. Así como la ruana boyacense, el sombrero o el machete, las Macha forman parte de una identidad campesina construida desde la resistencia cotidiana.
Y quizá por eso generan tanta nostalgia.
En una época donde el país suele romantizar al campesino únicamente en discursos políticos o comerciales, estos símbolos recuerdan algo fundamental: detrás de cada alimento que llega a la ciudad hay personas reales, territorios reales y una cultura profundamente arraigada en el esfuerzo. Las Macha, embarradas y desgastadas, terminan siendo casi una metáfora del campesinado colombiano: resistentes, discretas, indispensables y muchas veces invisibilizadas.
Tal vez el país debería mirar más hacia esos pequeños símbolos cotidianos para entender realmente qué significa el campo colombiano. Porque a veces la identidad de una nación no está en los grandes monumentos ni en los discursos grandilocuentes.
A veces está simplemente en unas botas negras llenas de barro caminando entre la neblina boyacense.
La entrada Las Macha: el símbolo silencioso del campo boyacense – Cristian Morales Reyes #ColumnistaInvitado se publicó primero en Boyacá 7 Días.

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