
Hablar hoy de reducción de pobreza en Boyacá y especialmente en la capital Tunja, no puede limitarse a celebrar indicadores técnicos mientras crece silenciosamente una realidad que miles de familias viven puertas adentro de sus hogares y que muy pocos se atreven a nombrar: la pobreza oculta.
Sí, las cifras oficiales muestran avances importantes en la reducción de la pobreza multidimensional y eso merece reconocimiento, pero existe una diferencia enorme entre mejorar un indicador y garantizar verdaderas condiciones de vida digna.
Porque mientras los informes hablan de disminución de pobreza, en muchos hogares tunjanos la realidad es otra: familias trabajadoras que pagan puntualmente sus servicios públicos a costa de reducir la proteína en la mesa, eliminar comidas, endeudarse, aplazar medicamentos o sobrevivir bajo una presión económica permanente.
Esa es la pobreza que no aparece en las estadísticas; la de quienes aún conservan vivienda, agua y energía, pero viven económicamente asfixiados por el costo de vida.
Y mientras esto ocurre, las tarifas siguen aumentando. La ciudadanía protesta, los comerciantes alertan y los hogares sienten cada mes el peso de facturas que parecen crecer sin control, pero las respuestas se diluyen entre discursos técnicos, fórmulas tarifarias y estructuras empresariales lejanas a la realidad humana de la ciudad.
Entonces surge una pregunta incómoda, pero absolutamente necesaria: ¿de qué sirve bajar indicadores de pobreza si vivir dignamente se vuelve cada vez más costoso?
Hoy muchas empresas que administran servicios esenciales funcionan bajo una lógica estrictamente financiera donde el ciudadano termina reducido a una cifra de recaudo. Empresas privadas, muchas veces con capital extranjero, que obtienen millonarias utilidades mientras miles de familias hacen sacrificios silenciosos para no perder un servicio básico. Y aquí no se trata de atacar la inversión privada ni de desconocer la necesidad de sostenibilidad empresarial; se trata de recuperar el verdadero sentido social de los servicios públicos.
Porque el agua, la energía y el gas no pueden entenderse únicamente como negocios: son condiciones básicas de dignidad humana, herramientas de equidad social y pilares fundamentales del desarrollo territorial.
El verdadero liderazgo no se demuestra únicamente presentando balances positivos ante accionistas; el verdadero liderazgo empresarial se demuestra cuando una compañía entiende el territorio que habita, escucha el sufrimiento silencioso de la gente y asume corresponsabilidad con la ciudad que le genera riqueza.
Tunja necesita abrir un debate serio sobre soberanía administrativa, autonomía territorial y alta gerencia pública moderna. Necesitamos preguntarnos si estamos administrando estratégicamente nuestros recursos o si simplemente seguimos entregando sectores fundamentales a modelos donde las ganancias salen del territorio mientras las dificultades se quedan en los hogares.
Como administrador público, creo profundamente en la necesidad de construir empresas fuertes, eficientes y sostenibles, pero también creo que el desarrollo económico debe tener rostro humano. La rentabilidad jamás puede construirse sobre el deterioro silencioso de las familias.
Administrar nuestras propias empresas con sentido de pertenencia no significa improvisación ni populismo; significa visión estratégica, capacidad técnica y responsabilidad social. Significa entender que las utilidades también pueden convertirse en inversión para la misma ciudad: infraestructura, modernización, innovación, empleo, bienestar y calidad de vida para quienes sostienen el sistema con su esfuerzo diario.
Porque cuando una ciudad reinvierte en sí misma, evoluciona; cuando las ganancias permanecen en el territorio, el desarrollo se multiplica, y cuando las decisiones se toman pensando en la gente y no únicamente en indicadores financieros, nace una verdadera visión de futuro.
Tunja no necesita solamente empresas rentables; necesita liderazgo con conciencia, gerencia con sentido humano y decisiones capaces de entender que detrás de cada factura hay una familia, detrás de cada corte de servicio hay angustia y detrás de cada cifra positiva puede existir una mesa donde cada vez hay menos comida.
La entrada La pobreza que no aparece en las cifras se publicó primero en Boyacá 7 Días.








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