
Hace algunas semanas viví una experiencia que hacía mucho tiempo no experimentaba: competir en mi habilidad más preciada, en el talento más sagrado que me ha dado la vida: el canto. Un restaurante muy reconocido de la ciudad realizó un concurso para cantantes; la iniciativa fue muy tentadora desde su anuncio, así que decidí participar, aun sabiendo que no soy muy amiga de los concursos y que estos me generan una especie de ansiedad. Sin embargo, me embarqué en esta aventura de la cual no me arrepiento.
El nivel de exigencia, la constancia y la disciplina me llevaron a asumir el concurso con verdadera seriedad. Volví a reconocer el esfuerzo y la entrega que implica una competencia, y allí radica, en parte, mi dilema frente a ella. Con dedicación, tiempo, disciplina y amor por lo que hago, logré estar entre los finalistas. El día de la presentación final nos preguntaron qué pensábamos sobre la competencia que había generado el concurso. Mis compañeras afirmaban que competir era algo positivo, porque la exigencia te impulsa a ser mejor. Mientras las escuchaba, yo repensaba mi respuesta, pues tengo reparos frente a la competencia con otros.
Finalmente llegó mi turno. Expliqué que, para mí, más allá de competir con los demás, la verdadera competencia es conmigo misma. Considero que medir una misma habilidad entre personas resulta desigual, porque cada talento —en este caso, el canto— es único: un don singular que concede Dios o la vida, y ponerlo en competencia puede convertirse en un acto voraz. Aun así, cuando decides involucrarte en este tipo de eventos, competir se vuelve inevitable.
No sé si soné soberbia o miedosa de enfrentarme a la competencia y puede que sean las dos porque sí viví una tensión que provocó algo de malestar en la salud. Pero también estoy de acuerdo con las apreciaciones de las compañeras, en cuanto a la importancia de la exigencia que demanda el prepararse adecuadamente, y luchar por ser el mejor, y ver en el proceso las limitantes para trabajarlas, superarlas y lograr ver los avances. Pero aún sigo pensando que es resultado de la competencia consigo mismo.
Erich Fromm, en su libro El miedo a la libertad (1941), expone que, el individuo se convierte en una especie de mercancía que debe demostrar constantemente su valor frente a otros por una sociedad que obliga a adecuarse a unas expectativas externas. Bajo esta perspectiva, incluso el talento artístico corre el riesgo de transformarse en un objeto de comparación y rendimiento, perdiendo la autenticidad, y la genuinidad de la habilidad.
El final de todo proceso competitivo debe entenderse de manera sana, puede ser un impulso valioso para crecer, disciplinarse y descubrir nuevas capacidades en uno mismo. En el canto, incluso puede llevar al artista a profundizar en su técnica y sensibilidad. Sin embargo, también vale la pena cuestionar cómo la sociedad contemporánea ha convertido todo en una constante medición y comparación, como si el valor del talento dependiera de demostrar quién es mejor que quién. Bajo esa lógica, el arte corre el riesgo de perder su esencia más auténtica: dejar de ser expresión para convertirse únicamente en rendimiento. Y quizá lo más valioso de una voz no sea su capacidad para vencer a otras, sino la verdad y la singularidad que habitan en ella.
La entrada Competir o no competir. Esa es la cuestión se publicó primero en Boyacá 7 Días.











0 comentarios