
Cada 9 de abril, Colombia conmemora el Día Nacional de la Memoria y Solidaridad con las Víctimas del Conflicto Armado. Sin embargo, para muchos, esta fecha pasa inadvertida, como un día más en el calendario.
Para otros, en cambio, representa una herida abierta, una espera interminable y una historia que nunca tuvo un final. Para mí, esta conmemoración tiene un rostro, un nombre y una historia: Nelson Arturo Rondón, mi tío, quien desapareció tras ser engañado con la promesa de un trabajo. Desde entonces, su ausencia se convirtió en un silencio permanente en nuestra familia.
Aún conservo en mi memoria una imagen imborrable: mi abuela sentada frente a la ventana de su casa en el sur de Tunja, esperando el regreso de su hijo. Día tras día, año tras año, con la esperanza intacta de volver a abrazarlo. Esa espera nunca terminó.
Mi abuela partió de este mundo sin obtener respuestas, llevándose consigo la ilusión de reencontrarse con él. Hoy quiero creer que, en algún lugar más allá de esta vida, finalmente se han encontrado. Esta historia no es solo la de mi familia; es la historia de miles de madres, padres, abuelas, hijos y hermanos en Boyacá y en toda Colombia que han vivido el dolor de la desaparición forzada, del desplazamiento y de la violencia. Son historias que no pueden ni deben reducirse a cifras o a discursos institucionales.
El 9 de abril no debe ser una fecha protocolaria ni un simple acto simbólico. Debe convertirse en una oportunidad para que la sociedad colombiana reconozca que el dolor de las víctimas nos pertenece a todos, incluso a quienes no lo han vivido de manera directa. La memoria no busca abrir heridas, sino evitar que estas se repitan. Recordar es dignificar; es reconocer que cada víctima tenía un nombre, una familia y un proyecto de vida. Recordar es también un compromiso ético con las generaciones presentes y futuras para que el ‘Nunca Más’ sea una realidad.
Como administrador público territorial y líder social, considero que esta conmemoración debe trascender la retórica y traducirse en acciones concretas. Las entidades públicas tienen la responsabilidad histórica y moral de liderar procesos reales de memoria, verdad y reparación. Es fundamental que las alcaldías y la Gobernación de Boyacá incorporen el 9 de abril en sus agendas institucionales con actividades pedagógicas y simbólicas permanentes, no en simples post de redes sociales; que las instituciones educativas fortalezcan la Cátedra de la Paz; que las personerías municipales y la Defensoría del Pueblo acompañen a las familias en sus procesos de búsqueda y reparación, y que entidades como la Unidad para las Víctimas y la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas continúen fortaleciendo sus acciones para brindar respuestas efectivas a quienes aún esperan. Asimismo, los medios de comunicación tienen el deber de mantener viva la memoria colectiva y promover una cultura de reconciliación.
La construcción de memoria no es una tarea exclusiva del Estado; es un compromiso de toda la sociedad. Cada ciudadano puede contribuir desde su espacio: participando en actos conmemorativos, escuchando a las víctimas, promoviendo el respeto por los derechos humanos y educando a las nuevas generaciones en la cultura de la paz. No se trata de recordar solo a “los nuestros”, sino de comprender que cada víctima es parte de nuestra historia común como nación. La indiferencia es, en sí misma, una forma de olvido.
La memoria tiene el poder de transformar el dolor en esperanza y la ausencia en legado. Mi abuela, con su espera silenciosa, nos enseñó que el amor es más fuerte que el tiempo y que la esperanza puede mantenerse viva incluso en medio de la incertidumbre. Hoy, al recordar a Nelson Arturo Rondón y a todas las víctimas del conflicto armado, elevamos un mensaje de dignidad y resiliencia. Que sus historias no se pierdan en el olvido y que su memoria sea la semilla de un país más justo y en paz.
Que el 9 de abril deje de ser una fecha cualquiera y se convierta en un verdadero acto de conciencia colectiva. Que cada ventana del país se abra simbólicamente para recordar a quienes aún no regresan y para acompañar a las familias que siguen esperando. Porque recordar es un acto de amor, porque la memoria es el camino hacia la paz y porque solo cuando reconocemos el dolor de todos, sin distinción, podremos construir un futuro donde la violencia no tenga cabida. Que nunca más una madre o una abuela tenga que esperar eternamente el regreso de su ser querido.
La entrada Los desaparecidos también son hijos de Boyacá. La ventana de la esperanza se publicó primero en Boyacá 7 Días.
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