Murió donde quería – Gustavo Núñez Valero #CrónicasYSemblanzas

domingo 12 de abril de 2026, 7:00 am

Al empresario paipano Jorge Andrés Vargas Segura se le crispa la piel cuando recuerda el día que vio aparecer, sobre un lienzo en blanco, un hermoso e impetuoso caballo surgido del pincel del pintor payanés Roberto Perafán Ledesma. Esta escena, que lo impactó y marcó para siempre, aconteció cuando era joven, casi un niño. En aquella ocasión, su padre, el industrial y líder cívico Luis Vargas Guitiérrez, nacido en Soatá, pero radicado en Paipa desde cuando tenía cinco años, le había pedido que lo acompañara a la residencia de este artista.

Tal remembranza me la hizo a mediados de noviembre de 2022 cuando me concedió una serie de entrevistas para hablar de su padre, a quien yo le estaba elaborando un perfil. En desarrollo de aquellas charlas me comentó que uno de los momentos más fascinantes de su vida había sido, precisamente, aquel cuando presenció por primera vez el talento creador y la magia artística de Roberto Perafán. Al relatarme esa experiencia, sus ojos se iluminan y una sonrisa enigmática transforma su rostro; pareciera que un trance dominara su ser. Observar esta reacción de una persona que tiene formación profesional, que estudió en Inglaterra, trabajó algún tiempo en Estados Unidos, ha viajado por muchos países del mundo y ha visitado los más importantes museos de Europa, me llamó la atención y me indujo a profundizar el conocimiento superficial que tenía de este maestro de la pintura.

Roberto Perafán. Foto archivo Boyacá Siete Días

**

Roberto Perafán fue un pintor figurativo impresionista payanés que llegó en 1977 a Boyacá y murió en Tunja, a los 83 años, el 18 de mayo de 2000.

Tres de las personas que estuvieron más cerca de él durante su estada en Boyacá fueron Luis Vargas Gutiiérrez, Jairo Bonilla Torres y Osmar Correal Cabral. Ellos me refirieron sus vivencias con este artista.

—¿Cómo lo conoció? —Le pregunté a Luis Vargas Gutiérrez.

—Es una historia bonita que comenzó con una circunstancia casual —me respondió.

Recuerda que su esposa, quien en ese momento manejaba, junto con una amiga, el almacén de artesanías del Hotel Sochagota, le comentó que hacía poco se había instalado en inmediaciones del complejo industrial de Maguncia, sector rural de Sotaquirá, un pintor que elaboraba unos collares de brea muy bonitos, los cuales podrían venderse en su negocio.

—Hoy voy a pasar por Maguncia, busco al pintor, miro los collares, compro los que tenga y le encargo más para la otra semana —le dijo Luis a su esposa.

Cumpliendo su promesa, ese mismo día fue y conoció al pintor. Este resultó ser Roberto Perafán Ledesma, quien vivía en una pequeña casa en arriendo.

—Lo saludé, me recibió con mucha hospitalidad, me mostró los collares y me dijo el precio. Si mal no estoy, cada uno costaba mil pesos. Me pareció una cifra insignificante para la calidad de estos.

Desde un comienzo hubo empatía.

—Creo que ese mismo día se inició nuestra amistad. Yo le caí bien. Días después fui con mi esposa y la confianza entre nosotros fue creciendo.

Tres o cuatro meses después, el pintor les pidió a los esposos Vargas Segura que fueran a su casa el 24 de diciembre. Ellos aceptaron la invitación y llegaron allá a la hora señalada.

—Les tengo un cuadro, se llama: Señuelo para pescar un Obregón.

Los esposos Vargas Segura entusiasmados recibieron el obsequio y le manifestaron su agradecimiento. Pasado algún tiempo, lo invitaron a su casa.

A Luis le fue gustando cada día más el estilo de pintar de Perafán. En algún momento le planteó que su estilo se parecía al de Alejandro Obregón y él le contó que en Barranquilla habían trabajado juntos y que aquel había resultado imitándolo.

En medio de la cercanía que tenían, Luis se convirtió en promotor del arte de su amigo. Buscaba maneras para vender sus obras.

Autorretrato Roberto Perafán. Colección Luis Vargas Gitiérrez

—Él elaboraba sus cuadros y yo se los entregaba a mi hija Claudia Patricia y a su novio, Jaime Luciano Corredor, para que los vendieran en la universidad.

Como aquella estrategia de ventas no dio resultado, buscó otra forma de ayudarlo.

—Decidí regalar cuadros a los clientes de mi empresa Aceros Boyacá. Le dije a Roberto: hágame 15 cuadros; le voy a dar $ 200 mil por cada uno; a medida que me los vaya entregando, le voy pagando.

De un momento para otro le pidieron a Perafán la casa que tenía alquilada. Entonces, expresó su deseo de comprar una construcción de dos plantas que estaba situada al frente de donde vivía. Averiguó el nombre del propietario y estableció que era el hotelero alemán Vicente Eddes, quien había sido administrador del Hotel Termales de Paipa. Lo contactó. Este le dijo que se hablara con su abogado, quien era el encargado de manejarle sus negocios.

El abogado de Vicente Eddes era Rafael Forero Castellanos, quien también había actuado en política. Su oficina estaba localizada en la Plaza de Bolívar de Tunja, enseguida de la Casa del Fundador. Hasta allí fue Perafán y le planteó el negocio. Le preguntó el valor y Forero se lo informó.

—No tengo toda esa plata, pero le puedo pagar a cuotas el saldo —le dijo.

—No maestro, en esas condiciones no se la puedo vender a no ser que tenga alguien que le responda por la deuda —le replicó el abogado.

—¿Qué tal si le pido a Luis Vargas Gutiérrez que me fíe?”. 

—Claro, de inmediato se la vendo —le respondió el abogado.

Al respecto, Luis Vargas recuerda:

—Rafael Forero me conocía porque siendo gobernador encargado yo era el gerente de la Empresa Fosfatos de Boyacá y tuvimos que interactuar en unos asuntos gubernamentales.

Pintura Roberto Perafán. Colección Luis Vargas Gutiérrez

Cuando Perafán le pidió a Vargas Gutiérrez que le respaldara la deuda, le respondió que no había problema siempre y cuando él también figurara en la escritura. 

—No hay problema — le contestó el pintor.

Todo salió bien en esta negociación.

—Yo estuve muy pendiente del pago de las obligaciones. Roberto fue puntual. Cuando terminó de pagar, llamé a Paulinita y le dije: esa casa es suya, venga y hacemos la escritura. Realizamos los trámites en la notaría de Duitama y me regaló un cuadro, que es el autorretrato de él.

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La otra persona que me habló de Roberto Perafán fue el odontólogo y artista plástico Jairo Bonilla Torres.  Él nació en Chiquinquirá. Desde pequeño tuvo inclinaciones por la pintura. Al finalizar el bachillerato expresó a su familia el deseo de seguir la carrera artística.

—Mi padre, que era odontólogo, me dijo: “No señor, usted se va a estudiar odontología”. Sin mayor resistencia le hice caso.

Una vez graduado se radicó en Tunja. Entró a ejercer su profesión. No obstante, su inclinación por la pintura siguió latente. Por eso, cuando Gustavo Mateus Cortés, por allá a finales de la década de los años setenta creó en Tunja la Escuela de Artes Plásticas, como dependencia del Instituto de Cultura y Bellas Artes de Boyacá, sin dudarlo, se matriculó en esa institución.

—De lunes a viernes, a las seis y media de la tarde, yo colgaba mi fresa de odontólogo y me iba a recibir clases de Armando Chicangana, de Willie Hostos y de otros artistas. Había allí unos verdaderos maestros, algunos de los cuales eran bastante jóvenes, recién egresados de la Universidad Nacional.

Recuerda que dentro de la nómina de profesores estaba el pintor Roberto Perafán, quien, desde el día que lo conoció, lo deslumbró.

Pero hubo otra circunstancia que acercó a Bonilla con Perafán. Cuando Luis Vargas Gutiérrez ingresó al rotarismo, conoció a Jairo Bonilla Torres. Tuvieron que interactuar en diversas ocasiones. Se identificaron en propósitos y se hicieron amigos. Pasado el tiempo, Luis se enteró de que Jairo pintaba. Esta circunstancia los unió más.

—En mis visitas a la casa de Luis empecé a verle bastantes obras del maestro Perafán. Entonces le dije: 

—Bueno ¿y esto?

—Es Perafán. No sé, me gusta su obra —le respondió.

A partir de entonces, Bonilla se interesó más por el arte de Perafán.

—Me puse a analizar la obra y vi que realmente tenía un sello particular. Hablaba un lenguaje propio en el arte. 

Bonilla, entonces, tomó una decisión.

—Perafán estaba residenciado en un paraje rural de Sotaquirá. Económicamente vivía muy alcanzado, en una condición casi de pobreza. Resolví ir a su casa todos los miércoles por la tarde. Le decía a mi esposa: me voy a visitar a mi amigo.

Recuerda que esas visitas resultaron muy enriquecedoras. Acepta que las enseñanzas de su maestro han sido definitivas en su carrera artística.

Sobre la controversia de quién imitaba a quién, Jairo Bonilla ha comentado:

Pintura ‘La creación’. Colección José Miguel Gaona Rodríguez

—Bueno, él le decía en sus charlas a Luis que Alejandro Obregón le había copiado su estilo. Esto se lo decía en medio de la gran amistad que habían cimentado los dos. Le aseguraba que el estilo era original de él. Entonces se pone uno a analizar la obra de Roberto y, por supuesto, se tocan en estilos con Obregón. Queda uno sorprendido. ¿Quién copió a quién?

De todas maneras, asegura que:

—Este pintor payanés tenía su lugar propio en el arte, es espontáneo, no hay necesidad de buscarlo mucho. El estilo es una impronta que cada pintor la va exteriorizando. De ahí que uno inicialmente en el arte copia a los grandes maestros, pero después, cuando ya habla el lenguaje del arte, se suelta a decir lo que quiere para comunicarle a la gente las tendencias que hay en el arte, a través de la belleza o de lo abstracto.

**

Osmar Correal Cabral, economista y educador guatecano, exgobernador de Boyacá y exrector de cinco universidades en el país, tuvo un trato muy cercano con Roberto Perafán durante la década final de la vida de este. Todo comenzó a mediados de 1991. Hacía cuatro meses había dejado de ser gobernador de Boyacá y estaba de nuevo al frente de la rectoría de la Universidad fundada por él 11 años antes, denominada hoy Universidad de Boyacá. Una noche, junto con su esposa, visitó en su casa al comandante de la Primera Brigada, general Eduardo Camelo Caldas y a su señora.  Las dos familias mantenían un cercano lazo de amistad establecido desde hacía casi un año, durante el desempeño en sus altos cargos, el primero como mandatario seccional y el segundo como comandante máximo del ejército en el departamento.  Luego del saludo de los anfitriones y de sentarse en una de las poltronas de la sala de recibo, Osmar detuvo su atención en un cuadro que lo cautivó.

—Era la cara de un Quijote que tenía una expresión muy especial. No era un Quijote cualquiera. Se trataba de una cara muy humana —recuerda.

Quedó ensimismado detallando esta obra de arte. Sin pararse de la silla preguntó:

—¿Quién es el autor?

—Es Roberto Perafán —le respondió la esposa del general Camelo.

Al escuchar el nombre del artista, recordó que era el mismo que había elaborado el mural gigante que se encuentra en la pared del descanso de la escalera de la antigua entrada de la Casa de la Torre, sede de la Gobernación de Boyacá, sobre el cual algunos meses antes había hablado con el senador caucano Aurelio Iragorri Hormaza, quien lo había visitado en su despacho de gobernador.

Se paró y se acercó al cuadro. Permaneció unos minutos frente a este. Su rostro reflejó admiración y deleite. Tal vez la atracción que desde niño ha experimentado por el personaje creado por el genial Miguel de Cervantes Saavedra, Don Quijote de la Mancha, lo conmovió. 

—Y ¿en dónde vive Perafán? — interrogó.

—Él reside aquí en Tunja —le contestó de nuevo la señora de Camelo Caldas.

—Oh. ¿Me pueden facilitar la dirección?

—Sí. Desde luego —respondió ella.

A los pocos días Osmar fue a la casa de Roberto Perafán. Se presentó y le manifestó su interés en conocer detalles de su obra. Él lo recibió con agrado y cortesía.

Mural de Roberto Perafán en la Gobernación de Boyacá.

—Realmente era una persona extrovertida, hablaba bastante, contaba con desparpajo todas sus aventuras, inclusive me mostró las llaves que aún conservaba de la famosa Cueva, donde se reunía el grupo de Barranquilla, integrado por escritores, periodistas y pintores, del cual hizo parte.

Después, las visitas de Osmar a Perafán en su residencia fueron frecuentes. En una de las primeras, sin que le preguntara, pero quizá al ver en el rostro de Osmar la sorpresa por la juventud de su esposa, él le trató el tema.

—Le voy a contar la historia. Siempre había dicho que me casaría con la mujer que me encontrara en el camino y fue así. Un día yo iba en mi carrito viejo para Paipa y en un sitio de esos como a cinco kilómetros antes de la Termoeléctrica, el carro se apagó porque le hacía falta agua en el radiador. Entonces me bajé y había una casita cerca. Fui hasta allá para que me regalaran un galón de agua. Salió una mujer para mí muy hermosa, me atendió y me dio el agua. Cuando me despedí le dije:

—Mire, yo voy a volver aquí, porque me voy a casar con usted. Ella me contestó: Uuu ¿usted está loco? Y no pasó más porque le eché el agua al radiador y seguí para Paipa en donde tenía una reunión.

Le relató también que un tiempo después se apareció en esa casa con un pequeño regalo y les dijo al papá y a la mamá:

—Miren, yo me quiero casar con su hija. Soy Roberto Perafán, soy pintor.

A los pocos días contrajeron matrimonio.

—Era admirable la forma como pintaba. Al igual que todos los pintores tenía sus secretos, combinación de los colores, aditivos que utilizaba para que la pintura permaneciera en los lienzos. Me gustaron otros cuadros que los compré. Inclusive uno de ellos está hoy en día en el museo de la Universidad de Boyacá. Es el de los jinetes de la batalla del Pantano de Vargas.

Con emoción, que evidencia en su sonrisa y en el tono de su voz, evoca las circunstancias que rodearon la adquisición de ese cuadro.

—Maestro, me gusta esta pintura.

—Mire, hoy yo estoy muy varado. No tengo con qué hacer mercado. Si usted me lo compra, se lo vendo a buen precio.

—Un momentico, ¿pero ese es un encargo?

—Sí. Me lo encargaron unos políticos. Lo pinté, pero nunca volvieron. Seguramente no están interesados.

Le dijo que si le daba una cantidad de dinero que Osmar no revela, él se lo vendía.

—Me dio un precio que me pareció excepcionalmente barato. Esa misma tarde, luego de conversar con mi esposa lo compramos para la Universidad.

Sobre la preferencia, o tal vez obsesión, de Perafán por pintar caballos, cree saber la causa.

Autorretrato de Roberto Perafán en el mural de la Gobernación de Boyacá.

—La idea de los caballos, que él pintaba con tanta precisión, era como un secreto que algún día, en la visita que me hizo a la gobernación de Boyacá el senador Aurelio Iragorri Hormaza, lo descubrí.

Hablando sobre el mural situado a la entrada de la Gobernación, Iragorri le comentó:

—Ese es de un payanés. Es de Roberto Perafán. Le voy a contar por qué él tiene tanta fijación por los caballos. De pequeño trabajó en la finca de mi familia, en donde teníamos bastantes caballos. Se ocupaba de cambiar de sitio a estos y aprendió a montarlos. Teníamos muy buenos ejemplares. 

Ocho meses antes de su muerte, la Universidad de Boyacá realizó una exposición de la obra de Roberto Perafán en el hall de artistas de esa institución. Allí fueron colgados cuadros que él guardaba y otros que había vendido. En silla de ruedas asistió a la inauguración. En esa ceremonia ocurrió un hecho curioso.

—Oiga doctor, me gusta ese chaleco que usted tiene —le dijo Perafán a Osmar Correal.

—Si le queda bueno se lo regalo —le respondió Osmar, quien procedió a quitárselo y se lo entregó al maestro. Él, de inmediato, se lo colocó. Era de cuero, de color beige. Le talló perfectamente. En la cara del pintor apareció un fulgor de felicidad.

**

Al maestro Perafán lo vi por primera vez a mediados de 1979 en el restaurante del Centro Comercial Colonial de Tunja. 

—Mire, ahí está el pintor Roberto Perafán, es el de chivera —me dijo el periodista José Riveros con quien me dirigía a mi oficina de la corresponsalía de El Espectador, situada en el segundo piso del mencionado centro comercial. Lo miré, estaba tomando café con tres personas más. Tenía el cabello canoso y lucía un vestido de paño gris y una camisa azul oscura. 

Pasadas algunas semanas me lo presentó el entonces director del Instituto de Cultura y Bellas Artes de Boyacá, Gustavo Mateus Cortés. Después lo vi muchas veces.

**

‘Murió el maestro Perafán’ fue el titular que apareció en letra pequeña en la parte inferior de la primera página del periódico Boyacá Sie7e Días del viernes 19 de mayo del 2000. Allí se remitía a la página 10 en donde, a todo lo ancho de esta se presentaba la información, acompañada de una fotografía de él en blanco y negro.

Firma de Roberto Perafán en sus obras.

“Y el deseo se le cumplió. Roberto Perafán Ledesma repetía constantemente que deseaba morir ‘con el pincel en la mano en algún lugar de Boyacá’. Así fue. Ayer (jueves) a las 2:30 a.m. falleció a sus 83 años en su vivienda, ubicada en Tunja” decía el primer párrafo de ese texto informativo. Más adelante señalaba: “Este pintor figurativo impresionista solía decir que, aunque sus raíces se hallaran en Popayán, su alma y su corazón yacían en los paisajes boyacenses, los cuales le sirvieron de inspiración durante los últimos 23 años”.

La noticia agregaba: “En sus lienzos, que le han dado la vuelta al país, plasmó gestas libertarias, caballos y duendes, y de estos últimos decía que los pintaba porque en alguna ocasión habló con uno de ellos en Molanga. De sus manos nacieron más de 200 cuadros. Uno de estos, Los14 de la gloria, fue descubierto en un homenaje que le rindió la Universidad de Boyacá en septiembre del año pasado. Sin embargo, hasta la noche anterior de su muerte pincelaba La duendecilla, un lienzo para su hija Paola”.

Finalmente, en esta información se incluía parte de un reciente párrafo escrito por Perafán: “Mi obra se la dedico a Luz, el amor de mi vida y con ella a Lucy y Sofía, mis hijas mayores. Asimismo, a María Paulina, mi segunda esposa y a mis tres hijos menores: Julio, Paola y Pilar. A ellos y a todos los que creyeron en mí, como el doctor Carlos Ardila Lulle, les digo que, si un poder esotérico me trasladara 70 años atrás, escogería la pintura y pediría vivir como he vivido. Me siento orgulloso de mi familia”.

Este pintor payanés, enamorado de Boyacá, murió donde quería.

La entrada Murió donde quería – Gustavo Núñez Valero #CrónicasYSemblanzas se publicó primero en Boyacá 7 Días.

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