
En Colombia hay más de nueve millones de víctimas. Francisco de Roux afirma que, si hiciéramos un minuto de silencio por cada una, tendríamos que permanecer 17 años en silencio. Tal vez ese silencio del que habla no sea ausencia de palabras, sino disposición para escuchar. Escuchar las voces de las víctimas.
Durante décadas, esas voces han sido apagadas, olvidadas, relegadas. Han sido obligadas a vivir en una especie de cárcel que impide nombrar el dolor. Sin embargo, el no escuchar nos ha hecho llenarnos de motivos para las guerras. Como propone René Girard, aunque creemos que la violencia es irracional, siempre buscamos razones que la justifiquen. Entonces surge la pregunta: ¿cómo dejar de buscar razones para la violencia en un país que sigue siendo, en muchos sentidos, una fábrica de víctimas? Y más aún, en un mundo atravesado por guerras atroces, donde nadie se salva: ni los niños, ni las niñas, ni los ancianos; ni lo sagrado, ni lo antiguo, ni lo civilizatorio. Nada.
Por eso, Girard insiste en algo esencial: solo el silencio que escucha el relato de las víctimas abre la posibilidad de pensar que las cosas podrían ser de otra manera.
Hace unos años escribí un libro titulado Un daño contra una persona es una afrenta contra toda la humanidad. Ese fue un acto ante todo de escucha. Hoy releí su primer capítulo. Allí se narra la historia de alguien cuya vida fue destruida por el conflicto. A su hermano lo secuestraron, lo torturaron, lo mataron y lo hicieron pasar por guerrillero. Ese hecho sumió a su familia en un dolor infinito. Él, a su vez, terminó en la drogadicción, junto con otro de sus hermanos. Este último vivió en el Bronx, arrastrando una vida de múltiples sufrimientos.
Quiero traer un fragmento de su testimonio. En él habla de un victimario que no tuvo compasión, que no pidió perdón y que nunca fue capaz de escuchar para abrir un camino de reconciliación:
“Él fue quien habló de la muerte de los otros, incluida la de mi hermano, sin ningún rasgo de temor ni de respeto por la vida. Era quien más soñaba con la plata y las condecoraciones que le darían por supuestamente dar de baja guerrilleros, cuando en realidad solo mataba gente inocente. ¿Qué honor podría encontrar? ¿Cómo se sentiría al llevar una medalla impregnada de odio y de sangre? ¿Cómo se sentiría gastándose ese dinero? ¿Qué pensaría al comprarle un regalo a su hija? ¿Será que esa plata y esas medallas no le quemaban la conciencia?”
Estas preguntas son el eco de una vida rota. Escuchar a las víctimas, como plantea Girard, es hoy un imperativo. Especialmente en una fecha como el 9 de abril, día de su conmemoración. Escuchar no para justificar, sino para comprender, sanar, emprender otro camino y no amar a los señores de la guerra. Escuchar, no solo para explicar la violencia, sino para interrumpirla. Tal vez ahí, en ese silencio que escucha, comience la posibilidad de imaginar un país y un mundo distinto.
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