
En cada periodo electoral, Boyacá se llena de colores, jingles, caravanas y sonrisas de campaña. Las plazas se animan, las redes hierven, los discursos prometen futuro. Pero detrás de las vallas, de los videos bien editados y de las fotos calculadas, se libra otra contienda, más silenciosa y mucho más peligrosa: la guerra de la calumnia, del chisme, de la desinformación, de la encuesta amañada y del perfil falso.
Esa guerra sucia no solo enfrenta a candidatos: hiere al ciudadano, erosiona la confianza en las instituciones y termina debilitando la democracia que necesitamos para sacar adelante a nuestro departamento.
A primera vista parece un concurso de quién habla más feo del otro: quién inventa el rumor más escandaloso, quién difunde el video más malintencionado, quién logra destruir la imagen del adversario en menos tiempo. Pero no es un asunto de temperamento ni de impulsos momentáneos. Es una estrategia fría, calculada. Se recurre a la guerra sucia cuando las ideas no alcanzan, cuando la hoja de vida no resiste el escrutinio público o cuando el proyecto político depende más del miedo que de la esperanza.
En Boyacá, esta dinámica se agrava por la persistencia de clanes y grupos de poder que sienten que los cargos públicos, las curules, las alcaldías y hasta la contratación les pertenecen por derecho adquirido. Por eso no basta con competir: hay que neutralizar, desgastar o eliminar al adversario. La lógica es brutal y profundamente antidemocrática: si no puedo ganar limpiamente, haré que el otro pierda.
Lo más doloroso es que esta guerra no solo se da entre partidos distintos. También ocurre dentro de las mismas listas. Candidatos que comparten logo, número y discurso público se sabotean por debajo, se quitan líderes, siembran dudas, difunden indirectas y compiten ferozmente por el mismo voto, aun sabiendo que todos dependen del mismo umbral. Es una política fratricida: prefieren hundir la barca completa antes que aceptar que solo unidos pueden cruzar el río.
A esto se suma la guerra de encuestas, convertidas en armas psicológicas. Aparecen mediciones sin ficha técnica, gráficas anónimas que circulan por WhatsApp, sondeos donde siempre “arrastra” quien los difunde y siempre “se desploma” el rival. No buscan informar al ciudadano, sino moldear su percepción, inducir el voto útil, atraer financiadores o desmotivar a otros electores. La política deja de ser debate de soluciones y se convierte en competencia de narrativas.
Los medios de comunicación tampoco escapan a esta tensión. Algunos mantienen su independencia con dignidad; otros se alinean con intereses políticos o económicos y se vuelven tribunas de unos y muro de silencio para otros. Cuando el periodismo deja de ser puente entre la ciudadanía y la verdad, el ciudadano pierde una brújula fundamental y termina desconfiando de todo.
Pero el campo de batalla decisivo hoy son las redes sociales. Allí la política se vuelve espectáculo permanente. El algoritmo premia la indignación, la polémica y el escándalo. Un insulto viaja más rápido que una propuesta seria. Un rumor genera más interacción que un plan de desarrollo. Desde bodegas anónimas se producen memes, cadenas y videos diseñados exclusivamente para destruir reputaciones. Los perfiles falsos permiten atacar sin asumir responsabilidad, simular apoyos masivos o sembrar miedo sin rostro.
La confrontación baja entonces a la ciudadanía. Seguidores convertidos en soldados emocionales, amistades fracturadas, comunidades polarizadas. Se comparte sin verificar, se acusa sin conocer, se defiende a un candidato como si fuera una barra brava y no un servidor público sujeto al escrutinio social. Sin darse cuenta, muchos terminan siendo parte activa de la misma guerra sucia que dicen rechazar.
¿Quién se beneficia de todo esto? A corto plazo, quizá quien logra tumbar al rival más fuerte o desviar la conversación. Pero a largo plazo, nadie que quiera un Boyacá próspero y democrático. Los verdaderos ganadores son los que necesitan una ciudadanía cansada, desconfiada y resignada; los que prosperan cuando la gente concluye que “todos son iguales” y deja de creer en la política como herramienta de transformación.
Desde la perspectiva de la administración pública territorial, la guerra sucia no es solo un problema ético: es un problema de gobernabilidad. Un gobierno que llega al poder montado sobre la mentira, el miedo y la difamación comienza su mandato con una fractura de origen. ¿Cómo pedir confianza si la campaña se basó en sembrar desconfianza? ¿Cómo convocar unidad después de haber dividido al territorio en bandos irreconciliables? La forma de hacer campaña anticipa la forma de gobernar.
Boyacá merece algo distinto. Merece campañas que discutan cómo fortalecer el campo, generar empleo digno, mejorar la infraestructura, garantizar salud y educación de calidad en todas las provincias, impulsar un turismo equilibrado y retener a los jóvenes talentosos que hoy sienten que deben irse para poder prosperar. Ese debería ser el centro de la conversación pública.
Esta no es solo una crítica; es un llamado urgente a la conciencia colectiva. A los candidatos, a los equipos de campaña, a los medios y, sobre todo, a la ciudadanía boyacense que madruga, trabaja, paga impuestos y todavía cree que las cosas pueden mejorar.
La verdadera fortaleza de un líder no se mide por su capacidad de atacar, sino por su capacidad de construir. Por eso hoy la invitación es clara, frontal y profundamente necesaria: la invitación a ser honestos, sinceros y leales.
- Ser honestos para decir la verdad, incluso cuando no sea cómoda ni popular.
- Ser sinceros para reconocer errores, límites y realidades sin vender ilusiones imposibles.
- Ser leales no a intereses particulares ni a clanes, sino al bienestar colectivo y al futuro del departamento.
Pero no basta con la integridad personal. La política exige acción. Por eso la invitación también es a proponer, buscar soluciones y dar resultados.
- Proponer ideas serias, viables y pensadas para el largo plazo.
- Buscar soluciones reales a los problemas que viven las familias en cada municipio y cada vereda.
- Dar resultados medibles, verificables y sostenibles, no excusas ni discursos interminables.
Boyacá no necesita más expertos en pelear. Necesita líderes con carácter, con visión y con amor verdadero por su tierra. Líderes capaces de escuchar, de unir, de trabajar y de responder con hechos. Porque gobernar no es ganar discusiones: es mejorar vidas.
Que esta sea entonces una invitación abierta a todos: Menos ataques, más ideas. Menos ego, más servicio. Menos promesas, más resultados.
Boyacá, tierra de historia, dignidad, trabajo y esperanza, merece una política a la altura de su gente. Y al final, la historia no recordará quién insultó más, quién manipuló mejor una encuesta o quién gritó más fuerte en redes sociales. Recordará, únicamente, a quienes tuvieron el coraje de construir, de unir y de transformar de verdad la vida de su pueblo.
Porque las campañas pasan, pero las decisiones que tomemos hoy marcarán el destino del departamento durante años. La pregunta no es quién ganará las elecciones. La pregunta es qué tipo de liderazgo queremos que gane Boyacá.
La entrada La guerra sucia que está matando la democracia en Boyacá se publicó primero en Boyacá 7 Días.





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