
Cada inicio de semestre la escena se repite con una precisión casi ritual. Buses llenos llegando a la terminal, maletas rodando por la Avenida Norte, residencias y apartaestudios ocupándose a toda prisa. Tunja despierta de su letargo de vacaciones cuando regresan, o llegan por primera vez, miles de estudiantes universitarios.
La ciudad se mueve, el comercio respira, el transporte se reactiva. Pero detrás de ese movimiento frenético hay una pregunta incómoda que casi nadie se hace en serio: además de cobrarles arriendo y servicios, ¿qué les está ofreciendo Tunja a esos estudiantes?
Tunja se presenta como ciudad universitaria y, en efecto, tiene universidades y tradición académica. Sin embargo, una ciudad universitaria no se define solo por edificios con salones y matrículas pagadas. Una verdadera ciudad universitaria es un ecosistema vivo, donde el conocimiento dialoga con la ciudad, donde hay cultura, empleo, investigación, bibliotecas, espacios públicos activos y oportunidades reales para que quienes se forman no solo pasen por aquí, sino que puedan vivir, crear y proyectar su futuro desde aquí.
Hoy, para la mayoría de estudiantes, Tunja es apenas una estación de paso: aquí se estudia, pero no se construye vida; se forma talento, pero no se le ofrece horizonte.
Una oferta cultural y de ocio limitada
Basta con preguntarles qué hacen en su tiempo libre para encontrar la misma respuesta repetida: caminar, ir al centro comercial, tomar algo cerca de la universidad. Para una ciudad con varias instituciones de educación superior, la oferta cultural, deportiva y de ocio juvenil resulta pobre, fragmentada y, muchas veces, pensada sin los jóvenes.
No hay grandes bibliotecas públicas modernas que funcionen como verdaderos centros de vida académica y ciudadana, con horarios amplios, conectividad, programación cultural permanente y espacios para la creación y el debate. La tarde-noche tunjana para los estudiantes se reduce, en el mejor de los casos, a un café o un bar. El mensaje implícito es claro y duro: venga, estudie, consuma lo justo y váyase a dormir.
El desafío económico de los arriendos
A este panorama se suma un problema que estalla cada semestre y que hoy genera un inconformismo creciente: el aumento desmedido de los arriendos. Tunja es, ante todo, una ciudad de servicios, y uno de esos servicios es el alojamiento estudiantil. El problema es que, en muchos sectores, el mercado se comporta como si los estudiantes fueran una mina de oro y no personas que, con esfuerzo, pagan matrícula, transporte, alimentación y materiales.
Habitaciones pequeñas a precios de apartaestudio, incrementos “a ojo” muy por encima de la inflación, cobros adicionales disfrazados de servicios y contratos informales que dejan toda la carga sobre el estudiante. Para miles de familias, estudiar en Tunja ya no es solo un reto académico, sino un desafío económico que roza lo injusto. Lo más grave es que todos saben que esto pasa, pero nadie lo asume como una prioridad de ciudad. No hay una política seria de vivienda estudiantil, ni incentivos claros al arriendo justo.
Estudiantes: ¿Ciudadanos o visitantes temporales?
Y, sin embargo, Tunja espera a los estudiantes. El comercio los espera, el transporte los espera, los pequeños negocios los esperan. Buena parte del movimiento económico depende de su presencia. La contradicción es evidente: la ciudad necesita a los estudiantes para funcionar, pero sigue tratándolos como visitantes temporales y no como ciudadanos de pleno derecho.
Hoy celebramos tener universidades, pero no hemos construido un verdadero proyecto universitario de ciudad. Uno que piense la vivienda estudiantil como asunto de política pública, que entienda la cultura y el ocio juvenil como necesidades y no como lujos, y que integre a los estudiantes en la conversación sobre el futuro de Tunja.
Cada joven que llega a Tunja trae algo más que una matrícula y un contrato de arriendo. Trae ideas, talento, vocación y ganas de aportar. Pero se encuentran con una ciudad que les dice: aquí usted viene a estudiar, no a cambiar nada. Así, Tunja forma talento que termina expulsando; jóvenes que apenas se gradúan entienden que su futuro está en otra parte.
Un llamado de emergencia
Si Tunja quiere dejar de ser la ciudad que solo se activa cuando hay clases, necesita un giro profundo. Hace falta que la administración municipal, las universidades y los gremios asuman con seriedad que los estudiantes son la principal ventaja comparativa de la ciudad y no un recurso que se explota semestre a semestre.
El llamado es claro y de emergencia: a los entes territoriales, para que construyan una política integral de ciudad universitaria que conecte educación, empleo, vivienda, cultura e innovación; y a la ciudadanía tunjana, para que exija una visión real de futuro. Porque si Tunja sigue dependiendo de los estudiantes sin reconocerlos como ciudadanos, el día que decidan irse, simplemente, ya no habrá futuro que esperar.
La entrada Tunja: la ciudad que despierta cuando vuelven los estudiantes, pero no piensa en ellos se publicó primero en Boyacá 7 Días.
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