
Hay una idea potente en Michael Sandel que suele quedar fuera del debate coyuntural: la democracia no se hace solo en los parlamentos, sino en los barrios. En Democracy’s Discontent, Sandel sostiene que las instituciones comunitarias —asociaciones vecinales, juntas barriales, clubes cívicos— eran el corazón de la “república participativa”: espacios donde la gente aprendía a deliberar, cooperar y decidir en común. Sin ese tejido, la democracia se vuelve una cáscara formal.
Pues bien, basta mirar el caso de Asocomunal en Sogamoso para entender cómo nuestra república de barrio se está deshilachando.
Las denuncias contra Asocomunal —por presuntas irregularidades administrativas, fiscales y documentales— han sido noticia en lo jurídico, pero poco se ha dicho de su dimensión política.
La acción comunal no es un trámite, ni un apéndice burocrático: es el escalón más básico del autogobierno ciudadano. Cuando los espacios donde se ejerce la política cotidiana son absorbidos por opacidad, clientelismo o cooptación, el daño no se mide solo en sobrecostos, sino en erosión democrática.
Sandel lo explica con claridad: cuando las instituciones comunitarias pierden legitimidad, el ciudadano deja de sentirse parte de un “nosotros” y pasa a ser un consumidor frustrado de servicios públicos.
Esa transición destruye la virtud cívica, porque nadie se siente responsable de lo común. En Sogamoso, el resultado es reconocible: vecinos que ya no creen en las juntas, participación reducida a papeleos o quejas, y ciudadanos que prefieren delegar todo al Estado central o al político de turno. Una comunidad que renuncia a decidir sobre la cuadra difícilmente defenderá la democracia cuando estén en juego asuntos más complejos.
Peor aún, la decadencia de las organizaciones comunales abre la puerta a relaciones instrumentales: lo que no funciona como república termina funcionando como feudo. La acción comunal se vuelve recurso electoral, los contratos reemplazan la deliberación y los favores sustituyen el bien común.
En ese punto, la política deja de ser una conversación entre iguales y se transforma en un mercado o en una red de patronazgo. Es el “descontento democrático” del que habla Sandel: un sistema que mantiene las formas republicanas mientras vacía sus contenidos cívicos.
No es casual que, frente a escándalos como el de Asocomunal, la reacción dominante no sea indignación democrática sino resignación cínica. El “todos son lo mismo” es la evidencia de que algo más hondo está roto. Y cuando la opinión pública deja de distinguir entre representantes y gestores comunales, entre instituciones y redes de poder, la democracia pierde uno de sus pilares invisibles: la confianza.
Si queremos reconstruir la vida democrática en Colombia no basta con reformas electorales o nuevas políticas anticorrupción. Hay que recuperar los espacios donde la gente aprende a ser ciudadana. Eso implica acción comunal transparente, deliberativa y descentralizada; implica controles sociales efectivos; implica comunidades que vuelvan a tomarse en serio la junta barrial y la asamblea veredal.
Dicho en términos sandelianos: implica reconstruir la república desde el barrio.
La crisis de Asocomunal en Sogamoso no es un episodio local ni anecdótico. Es un síntoma de algo más profundo: que la democracia básica —la que se practica en la cuadra, la vereda, la plaza— está siendo sustituida por contratos, favores y silencios. Y allí donde el barrio deja de ser república, el país termina siendo solo un procedimiento electoral sin virtudes cívicas, sin comunidad y sin ciudadanos dispuestos a defenderlo.
La entrada Cuando el barrio deja de ser república se publicó primero en Boyacá 7 Días.







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