
Este año 2026 comenzó con una intensidad abrumante: un flujo constante de información, noticias y acontecimientos nacionales y mundiales que, inevitablemente, entristecen el alma, pero también, nos invitan a reflexionar sobre la existencia, el valor de la vida y la importancia de las personas que nos rodean. Sin embargo, al estar tan interconectados y expuestos a la sobreinformación propia del entorno cibernético, resulta difícil no experimentar desasosiego en el transcurrir de la vida cotidiana, pero, “hay que sentirse bien, el show debe continuar” …
El pasado martes trece de enero se conmemoró el Día Mundial de la Lucha contra la Depresión, una fecha que invita no solo a visibilizar estadísticamente el problema, sino a generar una reflexión más profunda sobre el sufrimiento humano contemporáneo. Según datos de la Organización Mundial de la Salud, más de 300 millones de personas en el mundo padecen esta enfermedad, una cifra alarmante que obliga a interrogarse por las condiciones sociales, emocionales y existenciales que la hacen cada vez más extendida. La depresión no responde a una única causa: es un trastorno de carácter multicausal, en la que confluyen factores genéticos, sociales y psicológicos, lo que complejiza tanto su detección temprana como su abordaje integral, y evidencia la necesidad de una mirada más humana, menos reduccionista, frente a quienes la padecen.
En el libro, Entre la razón y la sinrazón. ¿Enfermedades mentales o males del alma? (2016), del historiador y profesor de la Universidad Santo Tomás, Fabián Benavides, se explica que las enfermedades mentales, desde el periodo hispánico, han pasado por varias fases de rechazo y aceptación social; tolerancia, indiferencia, compasión y miedo. Este legado sigue acompañando los imaginarios sociales que tienen las personas frente al sufrimiento mental y esto se debe a la persistente estigmatización del tema; se evita hablar de ello, es como la escoria social que hay que esconder para que todo lo demás marche óptimamente.
En este sentido, surgen los discursos que aprovechan el padecimiento; permanentemente imponen la obligación de “estar bien”, los trastornos mentales terminan convirtiéndose en una grieta funcional para intereses mercantilistas que monetizan el malestar humano. El sufrimiento psíquico, lejos de ser comprendido en su complejidad, es instrumentalizado por una industria que vende el bienestar como un producto más: viajes, objetos, experiencias, vínculos e incluso identidades emocionales son ofrecidos como promesas de plenitud inmediata. Así, el bienestar se transforma en una mercancía de consumo rápido, accesible con solo un clic, donde la profundidad del dolor se dispersa en soluciones reduccionistas que prometen alivio instantáneo, pero evitan el proceso, lo incómodo y profundamente humano de comprender el malestar.
El punto está en comprender a quienes padecen depresión, entendiendo que su sufrimiento exige, sin lugar a dudas, un acompañamiento médico especializado —terapéutico y psiquiátrico—, pero también algo igualmente indispensable: la empatía sincera y el amor que puede ofrecer el entorno más cercano. No se trata de soluciones mágicas ni de fórmulas universales, sino de gestos y procesos que ayuden a hacer más llevadera la carga. A veces, ese camino implica volver la mirada hacia el pasado, ese territorio que suele permanecer oculto bajo el velo de una melancolía profunda, pero en el que también yacen tesoros olvidados: habilidades, prácticas, pasiones que alguna vez nos dieron sentido y que, en algún punto de la vida, nos hicieron sentir vivos.
No tenemos que estar bien todo el tiempo; no es una obligación moral. No siempre debemos encajar para ser aceptados, ni vestir una sonrisa permanente para cumplir con las expectativas ajenas. Reconocer nuestra fragilidad, lejos de debilitarnos, puede ser el primer acto honesto de cuidado y de humanidad.
La entrada ‘Depresión… el show debe continuar para todos’ – María Teresa Gómez #Columnista7días se publicó primero en Boyacá 7 Días.






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