
Le damos mucho crédito a pensar, aun cuando más que pensar lo que hacemos es imaginar. Aunque la imaginación es la que ha creado todo lo que existe, en ocasiones nos juega malas pasadas, especialmente cuando nos enfrentamos a algún problema o a situaciones que amenazan nuestra estabilidad. A veces imaginamos lo que todavía no existe. Lo imaginamos con locura y con sentimientos contrarios al cuidado de sí.
Hace mucho tiempo solía escucharle a mi mamá un consejo: no piense. Esa recomendación no me gustaba. Yo creía, con la soberbia de la juventud, que no solo había que pensar, sino que había que hacerlo en demasía. No me daba cuenta de que mi supuesto pensamiento estaba cargado de imaginación, en la que no necesariamente había nuevas posibilidades, sino hundimiento, melancolía y ansiedad.
Imaginamos con nuestros prejuicios y nuestros miedos. Precisamente por ello se hace necesario acallar la voz interior. Se hace fundamental el silencio. A esto Santa Teresa lo llamaba «callar a la loca de la casa». No ser capaces de silenciar el desequilibrio del mundo interior nos puede hacer pasar muy malos días. Por eso se hace necesario el silencio.
En el silencio nos damos cuenta de que muchas de las cosas que imaginamos y pensamos son ficciones dañinas. El silencio nos permite reconocer las ficciones que creamos. Séneca dice: «Si recapacito sobre lo que he dicho, envidio a los mudos». Puede que el filósofo se refiriera más a lo que le decimos a los otros, pero también aplica para lo que nos decimos a nosotros mismos. Si recapacitamos sobre lo que nos hemos dicho, quisiéramos tener la mudez interior.
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