
La pregunta circula en tertulias, redes y columnas: ¿es Abelardo de la Espriella el Donald Trump colombiano? La comparación, seductora pero apresurada, merece matices. Porque sí, ambos irrumpen desde fuera de la política tradicional, ambos capitalizan el resentimiento cultural y ambos hacen de la incorrección política una habilidad electoral. Pero el contexto colombiano no replica la escena que hizo viable a Trump, ni institucionalmente, ni socialmente.
Después de la elección de 2022 —cuando Gustavo Petro derrotó a Rodolfo Hernández— Colombia dejó atrás la ilusión de un sistema fragmentado y pluralista. Lo que vino fue una polarización cruda: emocional, cultural y territorial. Petro logró agrupar buena parte del electorado urbano progresista, joven y politizado; Hernández capturó el voto antipolítico, anticorrupción y del hastío. No hubo programa contra programa, sino identidades contra identidades. Y desde entonces el país no volvió al pluralismo fragmentado, sino a una polarización de dos bloques sin ideología sólida, pero con afectos fuertes: antipetro y antiderecha.
En ese ecosistema polarizado es donde emerge la figura de De la Espriella. Y aquí la comparación con Trump parece más tentadora: el outsider que representa el resentimiento del bloque antiizquierda frente al “proyecto cultural” del progresismo. Pero Trump ganó en un bipartidismo rígido donde bastó con conquistar un partido. De la Espriella se mueve en un sistema polarizado sin partidos fuertes: el bloque antipetro existe electoralmente, pero no tiene líder, no tiene estrategia y no tiene una única etiqueta partidista. Mientras Trump colonizó el Partido Republicano, el abogado intenta colonizar un sentimiento.
La otra diferencia es el tipo de resentimiento que encarnan. Trump fue el empresario que prometía devolver empleos y prestigio al obrero blanco desplazado por la globalización. Su insurgencia fue económica y geopolítica. De la Espriella no representa al perdedor de la globalización, sino al ofendido cultural: al ciudadano conservador, urbano o de clase media, harto del progresismo moral, de la inseguridad y de la retórica revolucionaria. Su insurgencia no es económica, es moral-jurídica. Trump pidió muros; De la Espriella pide orden.
Pero la diferencia crucial está en la estructura del poder. La polarización colombiana no está alineada con partidos, sino con afectos y redes sociales. No existe un Partido Republicano que pueda ser capturado; existe un antipetrismo que puede dispersarse. Trump triunfó porque polarizó un país dividido en dos instituciones; De la Espriella compite en un país dividido en dos emociones y veinte vehículos electorales. Es un outsider con bloque afectivo, pero sin plataforma partidista —hasta ahora—.
Eso no significa que esté condenado al fracaso. Al contrario, su ascenso revela una derecha sin paciencia para la tecnocracia, sin vocación para el centrismo y sin miedo a la guerra cultural. Pero su destino no será el de Trump, y tal vez tampoco el de Hernández. Si prospera, será más parecido al de Bukele: un proyecto de restauración moral contra el caos, antes que un proyecto de restauración económica contra el globalismo.
La pregunta, en realidad, no es si De la Espriella puede ser Trump, sino si Colombia puede producir un Trump. Y ahí la respuesta es menos épica: no basta con polarizar, hay que organizar; no basta con indignar, hay que institucionalizar; no basta con liderar un bloque emocional, hay que volverlo gobernable.
Trump ganó porque se movió dentro de un sistema rígido y predecible: dos partidos fuertes y reglas claras. De la Espriella enfrenta lo contrario: un sistema fluido, sin partidos dominantes y con alianzas inestables. En política, esa diferencia importa, porque la estructura del sistema no es un detalle administrativo, sino lo que define las posibilidades reales de llegar al poder.
La entrada De la Espriella: el outsider que no puede ser Trump se publicó primero en Boyacá 7 Días.








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