
Aunque su carrera se ha desarrollado principalmente en clubes de las grandes ciudades del país, los lazos de Luis Augusto el ‘Chiqui’ García con el departamento de Boyacá han sido duraderos y significativos, tanto en el plano familiar como en el deportivo.
Jugador campeón con Independiente Santa Fe en 1971, entrenador multicampeón con Millonarios y América, y uno de los pocos técnicos que puede decir que ganó ligas con clubes distintos, en contextos y épocas diferentes, García pertenece a esa estirpe de hombres de fútbol que entendieron el juego como un oficio serio.
Nunca fue amigo del estruendo mediático ni del protagonismo innecesario. Su carrera se edificó desde el orden, la disciplina táctica y la convicción de que los equipos se construyen primero con ideas claras y después con nombres.
Como técnico, el ‘Chiqui’ fue un constructor. Ganó títulos, sí, pero sobre todo armó estructuras competitivas. En Millonarios dejó una era de carácter y mentalidad ganadora; en América se adaptó a un club acostumbrado a mandar, y en otros proyectos, como el Deportes Tolima, aportó método, visión y coherencia.
Su paso por la Selección Colombia, en un momento complejo, también lo ubicó en la élite de los entrenadores nacionales, aunque el tiempo —como suele ocurrir— no siempre haya sido generoso con los contextos.
Pero más allá de su palmarés, hay una dimensión menos visible y profundamente significativa de su historia: su vínculo con Boyacá ha sido, ante todo, humano. Su padre nació en Chiquinquirá.
En los años setenta y ochenta García frecuentó Belencito, atraído por razones familiares ligadas a Acerías PazdelRío. Allí conoció una Boyacá distinta: obrera, silenciosa y resiliente.
Con el paso del tiempo, ese vínculo se transformó en arraigo. Villa de Leyva se convirtió en su refugio personal, el lugar elegido para el descanso, la reflexión y la distancia del ruido permanente del fútbol profesional.
El capítulo más visible de esa relación llegó en el 2014, cuando Luis García y su hijo, Juan Carlos García, se integraron al proyecto de Patriotas Boyacá.
Fue una apuesta conceptual. En un club joven, necesitado de identidad y estructura, los García dejaron algo más valioso que resultados inmediatos: una filosofía de juego, una forma de entender la competencia desde el orden, el trabajo colectivo y la formación de un fútbol moderno e inteligente.
Patriotas no solo buscaba salvar la categoría y asegurar su afiliación como club clase A de la Dimayor; buscaba consolidarse. Y en ese proceso, la experiencia y el conocimiento de la dupla fueron clave.
Hoy, cuando el fútbol colombiano parece atrapado en la urgencia, el corto plazo y la rotación permanente de técnicos, vale la pena detenerse a mirar trayectorias como la suya.
Luis el ‘Chiqui’ García representa una escuela que no gritaba, que no prometía milagros, pero que entendía que el fútbol se construye con paciencia, coherencia y respeto por los procesos; una escuela cuyas huellas más profundas no siempre hacen ruido, pero sí permanecen.
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