
El 3 de enero, el presidente Donald Trump decidió ordenar una incursión en Venezuela, violando los principios básicos del derecho internacional, para capturar a Nicolás Maduro, presidente del país, presuntamente por narcotráfico y terrorismo.
Bien es cierto que a Nicolás Maduro se le pueden endilgar muchas otras responsabilidades, todas abyectas y terribles: el irrespeto a la democracia, la persecución de la oposición, la censura de la libertad de prensa, las torturas y demás prácticas propias de las dictaduras. Sin embargo, lo que ha hecho EE. UU. es reprochable porque abre la puerta a una práctica peligrosa: pasar por encima del derecho y tener como único referente la fuerza del poderoso sobre el débil. ¿Con qué autoridad se le podría decir ahora, como tantos le dijeron a Vladímir Putin, que no tenía derecho a invadir Ucrania? ¿O con qué derecho se le podría exigir a Israel que no despliegue todo su poderío frente a Palestina? Lo que hay, ante todo, es la manifestación del más fuerte sobre el más débil.
Todo esto ya lo han dicho muchísimos. Lo que está sucediendo podría marcar un derrotero: el de cómo “se solucionan” las cosas o, más bien, el de cómo este país poderoso del norte se relaciona con América Latina.
Es verdad que, ante las desgracias, lo único que se puede hacer es pensar cómo enfrentarlas. Ojalá este sea un momento para que América Latina se una. Es necesario armar una gran fuerza, capaz de hablarle de tú a tú a Estados Unidos y a otras superpotencias que nos ven como inferiores; como ciudadanos de quinta clase. No podemos seguir permitiendo que nos traten como interlocutores inválidos, incapaces de proponer un argumento.
Es fundamental lo que ha propuesto Gustavo Petro, y ojalá que otros presidentes lo emulen. Si el tema es el narcotráfico, entonces que revisen las cifras; que vean cómo Colombia y América Latina han pagado con sus muertos, con su tierra y con la estigmatización la lucha fallida contra las drogas. Sin embargo, creo que conviene notar algo: al presidente Trump no le importa esa moral antidrogas que invoca. Es, más bien, una excusa. Si de verdad fuera un ser humano íntegro, no cargaría con tantos escándalos; baste recordar las controversias que han rodeado su nombre, por ejemplo, en torno al caso Epstein. Tal vez, simplemente, se trata de excusas de la peor calaña para sostener que un territorio existe solo para extraerlo, como pretende hacer con Venezuela y con su petróleo.
Una de las desgracias más grandes que ha vivido América Latina, y los países mal llamados “en vías de desarrollo”, es que entraron a la economía internacional a partir del extractivismo por parte de las grandes potencias. En nuestro caso, lo que queda son las desgracias: la miseria, la tierra quemada, la tierra abandonada, los hombres y las mujeres mutiladas en el cuerpo y en el espíritu.
Estos días he pensado mucho en Cien años de soledad, específicamente en el momento en que Macondo, ese pueblo de casitas de cañabrava que vivía, tal vez, alegremente, entra en la lógica de la economía extractivista de la mano de la compañía bananera, y todo comienza a cambiar. Todo se vuelve tortuoso; la dinámica se vuelve terrible. Tanto así que termina con la matanza: la Masacre de las Bananeras. Los extractores, cuando sacan lo que creen necesitar, simplemente se van; pero queda la miseria, la muerte y la destrucción.
La entrada Macondo ante el poderoso – David Sáenz #Columnista7días se publicó primero en Boyacá 7 Días.







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