‘El ron de vinola’ tiene origen boyacense #Historiasdecasanare

domingo 9 de noviembre de 2025, 12:00 pm

Estamos a punto de oír de nuevo las viejas canciones que identifican la época navideña, como ‘Dame tu mujer José’, ‘Las mujeres a mí no me quieren’, ‘La piña madura’ y ‘El ron de vinola’, entre otras, un vallenato tradicional de autoría de Guillermo Buitrago, que todo el mundo baila y tararea en las épocas de fin de año. “Me gusta el ron de vinola, porque me gusta y resulta…”, pero que muy pocos saben qué es el ron de vinola. 

Es un licor, una bebida espirituosa de hondas raíces boyacenses, con una historia que va más allá de la llegada de los europeos y de las religiones a América Latina.

Para que certifique lo que estamos contando, consultamos en Yopal a Laureano Manrique Rodríguez, un abogado boyacense que lleva más de 20 años investigando el origen de las bebidas espirituosas de las sabanas llaneras, las que consumían quienes habían nacido con los dones para comunicarse con los dioses, los privilegiados, que ocupaban un lugar muy especial en la organización tribal.

Laureano Manrique, abogado e investigador boyacense con una prueba del ron de vinola. Foto: Boyacá Sie7e Días

Esta es una historia vieja, que se inicia mucho antes de que llegaran los europeos católicos, apostólicos y romanos, con sus ritos, en los cuales incluían, bebidas espirituosas como el vino, para enaltecer a Dios.

El curioso investigador Laureano Manrique, boyacense allanerado, pues lleva más de 50 años viviendo en Casanare, está muy bien documentado sobre este y muchos temas, empezando por  el cultivo de caña de azúcar y frutas en Soatá y sus alrededores, que era la materia prima para producir los néctares mágicos, profundamente ligados a las comunidades indígenas precolombinas y que, luego las adoptaron las nuevas culturas que llegaron del otro lado del mundo.

Antes de la llegada de los hispanos a la región de Soatá y el norte de Boyacá, habitaban grupos muiscas y laches, que cultivaban productos de clima templado y cálido en terrazas y vegas, como maíz, yuca, fríjol, ají, batata, y en los valles más cálidos, como las riberas del río Chicamocha, plantaban caña criolla o caña silvestre, probablemente traída en intercambios entre pueblos del Magdalena Medio.

La textura, el aroma, el color y el sabor del ron de vinola es calidad prémium, único en el planeta.
Foto: Boyacá Sie7e Días

Con la colonización de los jesuitas y encomenderos del siglo XVII, introdujeron variedades más productivas de caña, seguramente procedentes de las Antillas y Venezuela. Soatá y sus alrededores, como Tipacoque, Susacón y Boavita, se convirtieron en zonas paneleras por excelencia, aprovechando los suelos cálidos y semiáridos del valle del Chicamocha.

Entonces la caña en la región se convirtió en un símbolo de subsistencia, de intercambio y ritualidad. Los trapiches comunitarios eran espacios de encuentro social y espiritual. El jugo de la caña se usaba en bebidas fermentadas tipo guarapo o chicha en las fiestas religiosas; la panela y el melado eran ofrendadas a los dioses.

En resumen, desde el siglo XVIII los cañicultores de Soatá, Tipacoque, Boavita, Susacón y el bajo Cocuy aprovechaban la miel de caña, melaza o melote y el guarapo de panela disuelta para producir bebidas fermentadas.

El abogado Manrique desempolva los fardos de documentos, donde están los archivos General de la Nación y de la Diócesis de Tunja, de la comisión Corográfica dirigida por Agustín Codazzi, los estudios académicos de varios investigadores y universidades, como la UPTC y la U. del Valle, del Ministerio de Cultura, donde no solo se ratifica a Soatá como la cuna del ron de vinola, también se propone bautizar la casa de la cultura, con el nombre, ‘Memoria viva del ron de vinola’.

Las investigaciones realizadas por Laureano Manrique establecen que, las fermentaciones naturales se daban con base en levaduras silvestres de la caña y del ambiente, que en el proceso de efervescencia generaba un líquido alcohólico conocido como, ‘guarapo fuerte’, ‘vinola’ o ‘caña cocida’, cuando se destilaba artesanalmente en alambiques de cobre o lata.

El viejo trapiche tallado en madera de pino abandonado en una finca de Soatá, testimonio del ron de vinola.
Foto: Boyacá Sie7e Días

Laureano Manrique sostiene que, los antiguos destiladores, campesinos, la mayoría sin formación académica alguna, investigaban, ensayaban y probaban cómo mejorar el aroma y el sabor de las bebidas que partían del ‘guarapo fuerte’; de acuerdo a su textura, le agregaban dátiles, piña y otros frutos que destilaban una y otra vez, hasta conseguir un licor de ricos sabores y de color parecido al vino, el mismo que les llegaba a los monjes en barrilles de madera desde España, por eso lo llamaron, ‘¡vinola!’.

La fórmula y la manera de producir el ron de vinola viajó en los fardos de los comerciantes hasta la región Caribe. En Santa Marta y sus alrededores se popularizó la destilación de licores aromatizados y saborizados con frutos que los labriegos encontraban en el bosque o cultivaban, como la uva. A esa bebida espirituosa la llamaron ‘chichema’, o ‘ron de vinola’.

Entonces, la bebida espirituosa que nació en las entrañas de la tierra boyacense se convirtió a través de los años en la bebida preferida de los caribeños, porque “les gustaba y resultaba”, hasta que llegó la arremetida de los imperios industriales de producción de licores, que acabó con los alambiques y zacatines que producían licores artesanales para darles paso a los licores industriales.

Del ron de vinola solo queda el vallenato tradicional del maestro Guillermo Buitrago, ¡porque!… “! me gusta, me gusta y me gusta!” 

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